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Por Albert Fonse ()
Vancouver.- La indignación en Cuba parece funcionar por ciclos. Hoy el foco está sobre los jóvenes de El4tico. Ayer fue otro nombre. Mañana será otro más. Así operan las redes, así funcionan los titulares, así se mueve la emoción colectiva. Lo reciente desplaza a lo antiguo. Lo visible eclipsa lo persistente.
Los admiro, claro que sí. Creo firmemente que todo movimiento que exige libertad merece respaldo. Sin embargo, observo cómo el foco se concentra casi exclusivamente en ellos mientras el resto queda fuera de la conversación. No es que otros estén en un proceso injusto; es que ya han sido condenados injustamente. Por momentos, más que una campaña integral por la libertad de todos los presos políticos, parece una tendencia de redes centrada en un ventilador y unos cartones de huevo como símbolo viral, mientras los rostros y nombres de los cientos que siguen tras las rejas permanecen invisibles.
Pero la prisión no funciona por tendencias. Los muchachos de El 4tico han sido reprimidos por expresarse. Eso es inaceptable. Nadie que ejerza su libertad de palabra debería terminar en una celda por hacerlo. Ahora bien, no son los primeros presos políticos en Cuba; son los más recientes en una lista que arrastra décadas de represión. Los del 11 de julio se acercan a cinco años privados de libertad. Otros llevan todavía más tiempo.
Muchos no hicieron activismo desde una cámara con conexión estable; lo hicieron dentro de las cárceles. Han enfrentado golpizas, celdas de castigo, aislamiento prolongado, represalias constantes y padecen enfermedades sin atención adecuada. Sus familias viven en angustia constante tratando de averiguar qué pueden llevarles, cómo hacer llegar medicinas o alimentos básicos. Algunos han sido trasladados a prisiones lejanas para dificultar aún más las visitas y castigar también a los seres queridos. Todo esto sucede lejos del alcance de los focos mediáticos, pero no quiere decir que no este pasando.
Existe una dinámica peligrosa cuando solo se habla de dos y el resto queda en silencio. No porque unos merezcan menos, sino porque la justicia no puede administrarse por popularidad. La causa de los presos políticos no es una fila donde alguien deba esperar turno. Tampoco es una competencia por quién sufre más. Es un principio: libertad para todos.
Cuando la atención se concentra exclusivamente en los casos recientes, el sistema gana algo silencioso pero poderoso: el olvido de los demás. El olvido es una segunda condena. Un preso que deja de ser mencionado se convierte en estadística, se convierte en número y pierde humanidad y relevancia. Un rostro que deja de repetirse se vuelve invisible. No se trata de restar apoyo a nadie. Se trata de ampliar el marco.
La consigna no puede fragmentarse. No puede reducirse a dos nombres porque son tendencia. No puede depender del algoritmo. Tiene que ser clara y total. Libertad para todos los presos políticos. Sin jerarquías del dolor. Sin manipulaciones emocionales. Y sin memoria selectiva.
Concentrarse solo en los casos más visibles es como si un corredor de Fórmula 1 sufriera un accidente brutal y todo el equipo médico se limitara a atender las dos heridas del rostro porque son las que se ven ante las cámaras, mientras ignoran las cientos que tiene bajo el uniforme, más profundas y más graves. Atender solo lo visible puede tranquilizar al público, pero no salva la vida del paciente.
Porque la libertad no se negocia por partes. Se exige completa.