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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- En teoría, la ayuda humanitaria que llega a Cuba desde el extranjero debería aliviar el sufrimiento de los más vulnerables. En la práctica, ocurre algo muy distinto. Con demasiada frecuencia, esos donativos se pierden en el laberinto de las estructuras estatales y rara vez alcanzan a quienes realmente los necesitan.

El caso más reciente vuelve a encender las alarmas. La ayuda enviada por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, terminó reducida, según reportes locales, a la entrega de un simple paquete de galletas por familia en el municipio de Güira de Melena, en la provincia de Artemisa. Los beneficiarios fueron clasificados como “familias vulnerables”. Este es un eufemismo burocrático que, en la realidad cubana, suele significar pobreza extrema.

La distribución, como es habitual, estuvo estrictamente controlada por las autoridades locales. Este detalle no es menor. Cuando la ayuda internacional se canaliza exclusivamente a través de las estructuras del Estado cubano, la transparencia se vuelve prácticamente inexistente. Numerosos testimonios a lo largo de los años han denunciado que parte de esos recursos termina almacenada para su posterior venta en tiendas recaudadoras de divisas. Además, parte de esos recursos es utilizada como mecanismo de premio político para simpatizantes.

Lo más doloroso no es solo la escasez del beneficio recibido. También duele la escena que se repite una y otra vez: algunos de los receptores agradeciendo a “la revolución” por un gesto que, en realidad, proviene del esfuerzo de contribuyentes y donantes extranjeros. Es la paradoja de un sistema que administra la ayuda externa como si fuera un logro propio.

El desgaste de la voluntad social

Que el gobierno cubano dependa cada vez más de donativos internacionales para cubrir necesidades alimentarias básicas dice mucho, y nada bueno, sobre el estado de su aparato productivo. Cuba es una isla con tierras fértiles, clima favorable y tradición agrícola. No debería faltar comida básica en la mesa de su población. Sin embargo, la realidad apunta a un deterioro estructural profundo.

Durante décadas, las políticas centralizadas, la falta de incentivos reales al productor y el control estatal sobre la distribución han erosionado la capacidad productiva nacional. Pero hay otro daño, menos visible y quizás más grave. Es el desgaste de la voluntad social. Cuando una sociedad se acostumbra a sobrevivir con lo mínimo, cuando la escasez se vuelve paisaje cotidiano, el hambre deja de escandalizar y pasa a normalizarse.

La revolución no solo acabó con la capacidad productiva nacional. También mató la voluntad social. Los cubanos se han adaptado tanto a su miseria que se conforman con el hambre. Esto ocurre porque desde que la revolución tomó las riendas del poder en Cuba, todo se fue destruyendo paulatinamente. Así, terminaron dependiendo de los subsidios y las migajas donadas por extranjeros.

Ese es el verdadero costo humano de este modelo. No solo empobrece la economía, también adormece la esperanza. Hoy, demasiados cubanos viven pendientes de la próxima donación extranjera, de la próxima bolsa que quizás llegue… o quizás no. Y mientras tanto, un país que podría alimentarse por sí mismo sigue dependiendo de migajas que llegan desde fuera. La ayuda humanitaria debería aliviar el dolor. Además, no debería alimentar la propaganda. Y, sobre todo, debería llegar, completa y sin filtros políticos, a quienes realmente la necesitan.

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