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Por Luis Alberto Ramirez ()
MIami.- El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, compareció ante el Comité de Derechos Humanos de la ONU con un mensaje que ya resulta familiar: resistencia frente a la grave crisis petrolera que atraviesa Cuba y la promesa de que el Gobierno aguantará aun cuando, según sus propias palabras, se acercan tiempos muy difíciles.
Nada nuevo bajo el sol. La narrativa de “resistir” ha sido durante décadas el refugio retórico de La Habana cada vez que la realidad económica se vuelve insostenible. Pero más allá del tono desafiante, lo que realmente llama la atención es la contradicción que atraviesa todo el discurso.
Por un lado, el canciller volvió a insistir en que el Gobierno cubano desea un diálogo con Estados Unidos. Por otro, repitió las condiciones habituales: respeto a la soberanía nacional, igualdad de condiciones, beneficio mutuo y no injerencia en los asuntos internos. Sobre el papel, suena razonable. En la práctica, resulta profundamente confuso.
Porque la pregunta inevitable es: ¿de qué soberanía se habla cuando el propio pueblo cubano no puede ejercerla plenamente? La soberanía no es una consigna diplomática; es el derecho efectivo de los ciudadanos a decidir su destino político, económico y social. Y mientras en Cuba no existan garantías reales para el pluralismo político, la libertad de expresión y la participación ciudadana sin miedo, el argumento de la soberanía queda inevitablemente fuera del juego.
Más llamativo aún es el reclamo de un diálogo “en igualdad de condiciones”. La Habana habla como si estuviera en posición de exigir, cuando la isla atraviesa una de las peores crisis energéticas y económicas de su historia reciente. Pedir concesiones sin ofrecer cambios estructurales visibles parece, como mínimo, una apuesta al caballo perdedor.
En esencia, el mensaje que muchos interpretan es simple: se pide alivio externo sin comprometer transformaciones internas profundas. Y eso, en el actual clima político de Washington, tiene pocas probabilidades de prosperar.
Desde la parte estadounidense, las señales han sido claras. El encargado de negocios de Estados Unidos en La Habana ha sugerido que este año podría traer cambios en Cuba, mientras que el secretario de Estado, ha insistido en que el sistema cubano enfrenta presiones que lo obligarán a transformarse.
Con este telón de fondo, las palabras de Bruno Rodríguez parecen caer en un vacío político cada vez más evidente. Mientras los discursos se repiten en los salones internacionales, dentro de la isla la realidad aprieta: apagones, escasez de combustible, transporte paralizado y una población que vive en una incertidumbre creciente. La brecha entre la retórica oficial y la experiencia cotidiana de los cubanos se ensancha peligrosamente.
La verdadera pregunta ya no es si el Gobierno resistirá, como promete el canciller, sino cuánto más puede resistir la sociedad cubana. Porque a los cubanos ya no les molesta solo la piedra dentro del zapato, sino también el zapato.