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El arma estaba a centímetros de su rostro.
Y ella dijo no.
Anne Princess Royal tenía 23 años la noche del 20 de marzo de 1974. Regresaba de un evento benéfico junto a su esposo, Mark Phillips. La limusina avanzaba por The Mall hacia el Palacio de Buckingham. Dentro del vehículo viajaban también su dama de compañía, el inspector James Beaton y el conductor Alex Callender.
Londres parecía tranquila. Hasta que un Ford Escort blanco bloqueó el paso.
Del automóvil descendió un hombre armado: Ian Ball, de 26 años, con dos pistolas en las manos. Había estudiado la rutina de la princesa. Llevaba esposas, tranquilizantes y una carta exigiendo dos millones de libras de rescate.
El inspector Beaton salió primero. Recibió un disparo. El conductor intentó intervenir. También fue herido. Un periodista cercano, Brian McConnell, corrió a ayudar. Disparo. Otro agente, Michael Hills, llegó a la escena y también fue alcanzado.
Cuatro hombres quedaron heridos en segundos.
Ball abrió la puerta trasera y apuntó directamente a la princesa. Le ordenó que saliera.
La respuesta fue serena. “No es para nada probable.”
No gritó y no suplicó. Se negó.
El atacante la tomó del brazo. Intentó arrastrarla fuera del vehículo. Su esposo la sujetó desde el interior. Hubo un forcejeo. El vestido se rasgó. Más tarde, ella comentaría con ironía que le molestaba más el daño al vestido que el ataque en sí.
Mientras tanto, su negativa estaba haciendo algo crucial: Ganaba tiempo.
Un conductor que pasaba por allí, Ronald Russell, creyó que era un accidente y se detuvo. Al comprender la situación, golpeó al atacante en la cabeza y se interpuso entre él y la princesa.
Poco después, la policía rodeó la zona. El detective Peter Edmonds persiguió y redujo a Ball.
El intento de secuestro terminó en minutos. Milagrosamente, todos los heridos sobrevivieron.
A Ian Ball se le diagnosticó esquizofrenia y fue internado en un hospital psiquiátrico de alta seguridad.
La noche cambió la seguridad de la familia real británica para siempre. Pero lo que quedó grabado en la memoria pública no fue solo el tiroteo. Fue la compostura.
Una joven, recién casada, con un arma apuntándole al rostro, eligió no ceder. No por desafío teatral. No por imprudencia. Por decisión.
No derrotó sola al atacante. Otros hombres arriesgaron su vida esa noche. Algunos recibieron disparos. Pero su negativa importó.
Porque a veces el coraje no es avanzar. Es permanecer. Y decir no cuando el caos exige que te rindas.