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Por Oscar Durán
La Habana.- Hay algo profundamente torcido en todo este discurso de la muerte que se ha instalado alrededor de la dictadura cubana. No es nuevo, pero cada vez resulta más grotesco. Escuchar a ciertos voceros del régimen hablar con una naturalidad pasmosa sobre morir por la patria, sobre resistir hasta las últimas consecuencias, sobre inmolarse ante un eventual ataque de Estados Unidos, no tiene nada de heroico. Tiene, más bien, un tufillo rancio a fanatismo barato, a libreto repetido, a una épica que no convence ni al que la recita frente al espejo.
Una cosa es defender un país y otra muy distinta es romantizar la muerte como si fuera un destino inevitable y hasta deseable. Cuando un cantautor o un presidente se paran delante de un micrófono a decir que están dispuestos a morir, lo que realmente están haciendo es confesar, entre líneas, que no van a poder con el enemigo. Es como si asumieran que el final está escrito, que no hay salida, que todo conduce al mismo precipicio. Y en lugar de evitarlo, lo decoran con consignas.
Lo más llamativo —y también lo más preocupante— es esa sensación de resignación anticipada. Como si ya supieran lo que viene. Como si estuvieran preparando el terreno psicológico para un desenlace fatal. Avisarle a la familia, hablar de sacrificio, repetir la palabra muerte como si fuera un mantra… todo eso no es valentía, es derrota. Es la confirmación de que no creen ni ellos mismos en la estabilidad de lo que defienden. Nadie que confía en su sistema anda despidiéndose antes de tiempo.
Y mientras tanto, el pueblo, ese que no sale en los discursos grandilocuentes, sigue resolviendo cómo llegar al día siguiente. Sin épica, sin consignas, sin ganas de morir por nadie. El cubano de a pie no quiere ser mártir de nada; quiere vivir, comer, tener luz, medicinas, futuro. Esa narrativa del sacrificio eterno no conecta con una realidad donde la gente está cansada, agotada de sobrevivir en modo emergencia mientras otros juegan a la guerra desde un podio.
Al final, todo esto deja una imagen bastante clara: un grupo de dirigentes que, incapaces de ofrecer soluciones, se refugian en el dramatismo de la muerte como última coartada. Y no, no es heroísmo. Es una mezcla peligrosa de cinismo e incompetencia.
Cuando un líder empieza a hablar más de morir que de vivir, lo que está diciendo, sin darse cuenta, es que ya no tiene absolutamente nada más que ofrecer.