Por Víctor Ovidio Artiles ()
Caibarién.- Las leches que se hierven han sido unas canallas toda la vida. Son famosas por vigilarnos desde los fogones. Un simple descuido y se desbordan, embarrándolo todo.
Nunca ha importado la raza, el sexo ni la orientación sexual de la leche para ello. Son jodedoras inclusivas. Se comportan igual, sea leche pura de vaca o de chiva, santiguada por el lechero o hecha de leche en polvo.
Hoy he puesto a hervir un litro de leche de la bodega. Aprovecho que el carbón está en plena ebullición y coloco el caldero. Es increíble el poder de fuego de mi fogón de carbón. Sería la envidia de las viejas locomotoras o del mismísimo Titanic.
Como cualquier leche, lo primero que hizo fue asomar una especie de nata amarillenta. Algo no estaba bien pues no olía a leche sana sino a leche cortada. Era como leche de toronja.
Poco a poco comenzó a perder el color amarillento de la «nata» para tornarse blanca y la «leche» fue decolorándose como si quisiera convertirse en agua.
Estaba hirviendo, podía verlo, pero no hacía espuma. Se comportaba como el agua hirviente. A los cien grados hierve pero no produce espuma. Yo, conociendo que la leche es traicionera, no le quitaba la mirada. No me iba a engañar esta descolorida leche. Ya olía a carbón y a toronja y ella como si nada.
Por cada minuto se despigmentaba más y la nata ya era un pozuelo de borugas flotantes.
Cuando ya no soporté más la bajé. Aquello era un jacuzzi con ciudadanos de Noruega dentro. No me atrevo a clasificarla pero no era leche.
En el fondo del jarro otra pila de ciudadanos noruegos que están muertos o son inmersionistas haciendo apnea. Sólo faltaba el proceso de cata. Sirvo un poco en un vaso, lo soplo, lo huelo, me da asco, lo pruebo y me sabe al agua conque se enjuaga un caldero de leche.
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