Por Hermes Entenza ()
Núremberg.- En Cuba está por ocurrir una desgracia que nos marcará para siempre. No hace falta ser profeta para avizorar el peligro de una isla que se hunde bajo una dictadura que, pese a haber colapsado, se niega a claudicar.
Al observar la reacción del gobierno —su nula disposición al diálogo nacional y su respuesta de balas y perros—, temo que lo peor está por venir: un soldado nervioso con el seguro del AKM quitado, una explosión de odio o una nueva «orden de combate» contra el pueblo. Un baño de sangre es lo último que queremos; cargaríamos por siempre con esa marca feroz.
Mi generación es la de los 60, quizá la más antigua con la vitalidad necesaria para discernir entre el bien y el mal. Ni mi generación ni las posteriores han conocido otra forma de vida que la impuesta por este sistema totalitario.
No estuvimos en el Granma ni en la Sierra Maestra; no luchamos contra Batista ni asaltamos cuarteles. No entramos barbudos a La Habana ni peleamos en Playa Girón. Nadie nacido después de 1949 es responsable de la «papa caliente» que el gobierno nos pretende soltar.
No le debemos ni un centavo al Estado. Nuestros estudios los pagamos con creces soportando hambre y miseria, desayunando un trozo de pan con leche aguada y caminando a la escuela con zapatos plásticos, deseando volver a casa para encontrar algo que comer. Nuestras carreras se forjaron en noches tirados en terminales de ómnibus, esperando un amanecer de cansancio. Fuimos la generación de las manos atadas y los oídos taponados, ocultándonos para escuchar la música que queríamos y soñando con películas censuradas.
Al borde de una guerra civil
Tampoco debemos nada a la Salud Pública. La pagamos con el sudor y el dolor de intentar sobrevivir en el caos de los hospitales cubanos. El gobierno intervino la clínica privada y anuló toda alternativa; por tanto, no somos deudores de su deficiente asistencia. No pedimos ni propiciamos este sistema. Nada nos ata a un programa político que ha anulado nuestra capacidad de defensa frente al peor enemigo que hemos tenido: el partido y el gobierno.
Casi ninguno de los que hoy protestan había nacido cuando el Moncada. Tenemos todo el derecho a alzar la voz, tal como los rebeldes hicieron en su día.
Cuba está al borde de una guerra civil. Tras casi 70 años de represión, al pueblo no le ha quedado más remedio que lanzarse a la calle entre gritos, cacerolazos y teas incendiarias.
La respuesta del poder es la de siempre: tildarlos de vándalos y delincuentes. Irónicamente, estos jóvenes emplean hoy las mismas estrategias de los rebeldes que triunfaron entre bombas y atentados. Pero los gobiernos cobardes son los más peligrosos: matan sin conflictos existenciales porque el miedo les inhibe el pensamiento lógico.
Váyanse antes de…
Váyanse. Arrodíllense ante el pueblo en la Plaza Cívica, pidan perdón y abandonen el Comité Central. Quizás aún tengan tiempo de ser trabajadores agrícolas en la Isla de Pinos.
Váyanse antes de que veamos cuerpos ametrallados en las aceras. Si eso sucede, comenzará un infierno y terminarán como Mussolini o Ceaușescu; pero la nueva Cuba, la que definitivamente nacerá en breve, no necesita comenzar a andar con las manos llenas de sangre, como comenzaron ustedes.
La niña Cubita tendrá que ser un país de amor, donde quepan todas las personas de bien, sin mentiras ni engañifas, sin cadenas ideológicas ni ciudadanos prisioneros solo por pensar y exigir que los escuchen. Aprendan que aceptar la derrota tiene cierto decoro, una cualidad que el estalinismo borró de su manual.
Ustedes son los culpables de todo. Han destrozado el país y el pueblo necesita dignidad real, no la «biomasa» que promueve la presidencia.
Si no les gusta la reacción del pueblo, la solución es simple: Legalicen el disenso y la manifestación pública. Legalicen los partidos de oposición. Convoquen elecciones libres. Liberen a los presos políticos. Abran la economía sin la tajada de la mafia estatal. Garanticen prensa y educación libres.
Si cumplen esto, todo cambiará y, posiblemente, hasta ustedes podrán volver a dormir en paz.
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