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En medio de una de las crisis más profundas que ha vivido Cuba en décadas, la iglesia vuelve a estar en el centro de una pregunta incómoda: ¿cuál es su papel frente a la realidad política y social del país?
El reciente comunicado de la Convención Bautista de Cuba Occidental intenta responder, dejando clara una postura: la iglesia, como institución, no debe involucrarse en política. Su misión es espiritual, no ideológica.
Pero esa afirmación, aunque clara en papel, abre una tensión que no se puede ignorar. Porque mientras la organización define su posición, muchos creyentes —incluyendo jóvenes de esa misma denominación— están levantando su voz en redes sociales, denunciando injusticias, señalando realidades, incomodando.
Entonces la pregunta no es solo qué dice el comunicado.
La pregunta es: ¿cómo se sostiene eso a la luz del Nuevo Testamento?
Antes de avanzar, es importante reconocer algo con claridad: el comunicado acierta en un punto clave que no debe diluirse.
La misión principal de la iglesia no es política.
No es tomar el poder, ni convertirse en actor ideológico, ni sustituir el evangelio por activismo.
Reducir la iglesia a una plataforma política sería traicionar su esencia.
El llamado central sigue siendo el mismo: predicar a Cristo, servir, y ser luz.
El problema no está en afirmar esto.
El problema está en cómo se vive y qué se omite cuando se afirma.
El documento establece tres pilares fundamentales:
A simple vista, es una postura que busca equilibrio.
Pero en la práctica, ese equilibrio genera una línea difusa.
Porque cuando el creyente actúa…
¿deja de ser iglesia?
El comunicado intenta trazar una frontera clara:
Pero el Nuevo Testamento no presenta esa separación de forma tan marcada.
Pablo no habla de dos iglesias.
Habla de un solo cuerpo.
“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros… así también Cristo.” (1 Corintios 12:12)
El creyente no es un agente aislado.
Es parte viva del cuerpo.
Entonces surge una tensión inevitable:
Si los miembros hablan, ¿el cuerpo calla?
Si el cuerpo calla, ¿qué está comunicando?
La unidad del cuerpo de Cristo no es uniformidad de expresión, sino coherencia en propósito.
Pablo nunca planteó una iglesia donde todos actuaran igual, sino donde todos estuvieran alineados en Cristo.
Eso implica algo profundo:
Por eso, reducir la acción del creyente a algo “individual” sin implicación colectiva puede ser una simplificación peligrosa.
Porque en la práctica:
Lo que hace un creyente visible, impacta la percepción de la iglesia.
Lo que la iglesia calla, también forma conciencia en el creyente.
La unidad no se protege evitando temas difíciles.
Se fortalece enfrentándolos con verdad.
Uno de los pilares de la fe cristiana es el sacerdocio universal del creyente.
Esto significa que cada creyente:
Pero esa autoridad no es solo devocional.
También es ética.
El creyente no solo ora.
También discierne, confronta, denuncia, acompaña.
Entonces, la pregunta no es si puede hablar.
La pregunta es si debe hacerlo.
Y en un contexto de:
el silencio no es neutral.
Hoy, muchos jóvenes cristianos en Cuba están haciendo algo que hace unos años era impensable: están hablando.
No desde la ideología, sino desde la conciencia.
No desde la política partidista, sino desde la realidad que viven.
Denuncian:
Y lo hacen desde su fe.
Aquí es donde el comunicado entra en tensión con la realidad.
Porque aunque permite la acción individual…
no parece acompañarla.
Y cuando no se acompaña, se percibe distancia.
Y cuando hay distancia, se debilita la unidad.
¿Estas posturas nacen del consenso del cuerpo de Cristo…
o de decisiones tomadas desde arriba?
¿Se consultó a los miembros de las iglesias?
¿A los jóvenes que están en la calle digital dando la cara?
¿O se está hablando en nombre de todos… sin haber escuchado a todos?
¿Quién exige esta definición?
¿Es una necesidad espiritual… o una presión externa?
¿La iglesia está respondiendo al evangelio…
o a un contexto que le exige posicionarse sin incomodar?
¿Responde a la fidelidad al evangelio…
o a la necesidad de no generar conflictos con el poder?
¿Se está cuidando el testimonio de la iglesia…
o su relación con estructuras que vigilan y controlan?
Cuando se marca una línea tan clara…
¿a quién se está dejando al otro lado?
¿A los que sirven?
¿A los que denuncian?
¿A los que, desde su fe, no pueden callar?
¿La pureza de la misión…
o la comodidad de no confrontar?
¿Puede predicarse esperanza sin nombrar la desesperanza?
Cuando Santiago dice que no basta decir “ve en paz, caliéntate y saciate”…
¿cómo se aplica eso aquí?
¿Se puede orar por un país…
sin señalar lo que lo está quebrando?
¿O termina siendo una forma de posicionamiento?
¿Que el sistema actual es saludable para el creyente?
¿Que la realidad que vive Cuba fortalece espiritualmente a la iglesia?
Y si la respuesta es no…
¿por qué no se señala con claridad lo que la provoca?
Los profetas no fueron políticos…
pero tampoco fueron silenciosos.
Porque la unidad bíblica no evita la verdad.
La sostiene.
Jesús no vino a hacer una revolución política.
Eso es cierto.
Pero tampoco fue indiferente al sufrimiento humano.
Ni evitó confrontar estructuras injustas.
La iglesia primitiva no tomó el poder…
pero tampoco vivió desconectada de la realidad.
El evangelio no es político.
Pero sí tiene consecuencias en lo político.
Porque transforma al ser humano…
y un ser humano transformado no es indiferente.
La iglesia necesita unidad.
Pero no una unidad basada en evitar temas difíciles.
Necesita una unidad basada en Cristo.
En la verdad.
En la coherencia.
El creyente no es un actor separado de la iglesia.
Es iglesia.
Y cuando habla, cuando denuncia, cuando se duele…
no está traicionando la fe.
Puede estar, precisamente, viviéndola.
Tal vez la pregunta no es si la iglesia debe entrar en política.
Tal vez la pregunta es otra:
¿Puede la iglesia mantenerse al margen del sufrimiento real de su pueblo… sin perder parte de su testimonio?