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La hora final: el ultimátum de Trump, la agonía del castrismo y la encrucijada de Cuba

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- No es un exabrupto más de un mandatario impulsivo, es una sentencia escrita con la tinta del agotamiento histórico. Cuando Donald Trump declaró hace unos días, el 27 de febrero, que su administración está estudiando una «toma de control amistosa» de Cuba, no estaba improvisando un eslogan de campaña. Más bien, estaba leyendo en voz alta el acta de defunción de una tiranía que se quedó sin oxígeno.

La frase «amistosa» es el eufemismo que Washington utiliza para vestir de seda lo que en el fondo es una rendición incondicional. Es decir, la cúpula de Miguel Díaz-Canel y el nonagenario Raúl Castro, acorralada, sin petróleo venezolano y con la población sobreviviendo entre apagones y hambre, ha sido forzada a sentarse a negociar su propia salida con el enemigo histórico.

Las conversaciones secretas que, supuestamente, Marco Rubio sostuvo con Raúl Guillermo Rodríguez Castro —el nieto de Raúl, que no ocupa cargos oficiales pero mueve los hilos del poder— en la cumbre de CARICOM no son un rumor. Al contrario, son la prueba irrefutable de que la dinastía ya está pactando la transición para salvar el pellejo y, quizás, algunas prebendas .

La estrategia de la asfixia ha funcionado con una precisión milimétrica que ni la propia CIA imaginó en sesenta años de fallidos complots. Por ejemplo, con la caída de Nicolás Maduro en enero y la captura del tirano venezolano por fuerzas especiales estadounidenses, al castrismo le cortaron la yugular energética de un tajo.

La orden ejecutiva de Trump del 29 de enero no fue un simple decreto, fue el cerrojo final en una tumba que llevaba décadas cavándose sola.

El fin del petróleo venezolano y la deblacle

Sin los envíos de petróleo venezolano, el régimen no puede mover un tractor, no puede encender una planta eléctrica y, sobre todo, no puede pagarle a unas Fuerzas Armadas que ya empiezan a preguntarse si vale la pena morir por dos ancianos que solo ofrecen discursos de resistencia mientras el pueblo hace colas para comprar jabón.

La declaración de la portavoz Karoline Leavitt de que el régimen «está cayendo» no es bravuconería, es la constatación de una realidad física. En otras palabras, un sistema político no sobrevive sin combustible .

¿Es posible que Estados Unidos saque a los Castro? La pregunta, formulada así, ya suena a museo. En realidad, los Castro no necesitan ser «sacados» por los marines, están siendo empujados hacia la salida por la propia inercia del colapso y por la presión combinada de Washington.

El encargado de Negocios Mike Hammer lo admitió sin ambages: hay contactos con «personas del régimen» y se trabaja en una «salida pacífica» porque el statu quo es insostenible .

El «modelo Delcy Rodríguez» aplicado en Venezuela —donde se negocia con la élite para que entregue el poder a cambio de garantías— se está replicando en La Habana. Sin embargo, la diferencia es que aquí el desgaste es mayor: mientras Putin recibe al canciller Bruno Rodríguez en el Kremlin con abrazos de solidaridad pero sin un barril de petróleo bajo el brazo, en La Habana las horas pasan y los tanques se vacían.

El comunismo en la isla no terminará por una invasión, terminará por inanición, que es la muerte más lenta y humillante para un régimen que siempre se jactó de resistir.

Un viejo sueño

Y entonces llegamos a la gran incógnita: ¿Qué viene después? Porque si algo ha dejado claro la historia reciente es que Estados Unidos no se mueve por filantropía. Por ejemplo, cuando Trump habla de una Cuba «nación fallida» y sugiere que «quizá» haya una toma de control, está activando una corriente de pensamiento anexionista que nunca desapareció del imaginario de ciertos sectores en Washington y Miami.

Una posibilidad es el modelo de Estado Libre Asociado, una fórmula a lo Puerto Rico, donde la isla conservaría una bandera, un himno y cierta autonomía administrativa. Pero las decisiones de fondo —moneda, defensa, política exterior— estarían atadas a Washington.

Es la opción que algunos sectores de la élite cubanoamericana, incluido el propio Marco Rubio, podrían vender como una transición suave y estable. Sería una «Cuba libre» pero con una cláusula de dependencia perpetua, un protectorado del siglo XXI que garantizaría el control geopolítico del Caribe sin los costos de una estadidad plena.

Pero el sueño húmedo del expansionismo trumpista, el que dibuja mapas con Groenlandia, Canadá y Panamá dentro de la esfera de dominio absoluto, no se conforma con medias tintas. Por eso, la opción del estado 51 —o 52, si Puerto Rico decide dar el salto antes— es la que verdaderamente electriza a la base republicana más dura.

El reloj se acerca a la hora cero

Convertir a Cuba en un estado de la Unión significaría dos senadores cubanos, varios representantes en el Congreso. Pero, lo más importante, la incorporación definitiva de una población que históricamente ha votado republicano en el exilio.

Para Trump, sería el trofeo máximo: lograr lo que James Monroe y los presidentes del siglo XIX soñaron, cerrar el círculo de la Doctrina Monroe con una anexión formal. Sin embargo, nadie se molesta en preguntar a los cubanos de a pie —los que hoy hacen cola para comer— si quieren cambiar un régimen dictatorial por una relación colonial con otro nombre.

En la lógica del imperio, la libertad es un producto que se exporta, pero la factura siempre llega con intereses. El reloj avanza, y en La Habana ya no se oyen discursos, solo el tic-tac de un fin de época que huele a gasolina americana.

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