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La historia imposible de Anthony Hopkins y la copia perdida

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El universo conspiró para entregar el libro perfecto al lector perfecto en el momento exacto.

En 1973, un actor galés comenzaba a consolidar una carrera que aún no sabía que lo llevaría a convertirse en leyenda. Su nombre era Anthony Hopkins. Había sido elegido para protagonizar la adaptación cinematográfica de una novela ambientada en el Moscú de la Guerra Fría: La chica de Petrovka, del periodista estadounidense George Feifer.

Hopkins tenía una disciplina casi obsesiva. No interpretaba personajes desde la superficie. Necesitaba entender el mundo que habitaban, la textura de sus silencios, la lógica interna de sus decisiones. Para eso, debía leer el libro.

Había un problema.

En Gran Bretaña no había ejemplares disponibles.

Ese día recorrió Charing Cross Road, la calle londinense famosa por sus librerías infinitas. Entró en cada una. Revisó estanterías de novedades y de segunda mano. Preguntó a los libreros. Dejó su nombre por si aparecía algún ejemplar perdido en algún almacén.

Nada.

Cansado y resignado, descendió a la estación de Leicester Square. El día había terminado. Tendría que prepararse de otra manera.

Entonces ocurrió algo que no encajaba en ninguna lógica.

En un banco del andén, abandonado como cualquier objeto olvidado, había un libro. Hopkins lo tomó sin expectativa. Lo giró para leer el título.

El libro

La chica de Petrovka.

El mismo libro que había buscado durante horas en una ciudad de millones de habitantes.

Se lo llevó a casa con una mezcla de asombro y gratitud. Mientras lo leía, notó algo más extraordinario. Los márgenes estaban cubiertos de anotaciones en tinta roja. Comentarios detallados. Reflexiones profundas sobre los personajes. Observaciones precisas.

No eran garabatos casuales. Era el pensamiento de alguien que conocía la historia desde dentro.

Anthony Hopkins en la chica de Petrovka

Hopkins utilizó esas notas para preparar su papel. Lo ayudaron a comprender la intención oculta del texto. Archivó la experiencia como una coincidencia improbable y continuó trabajando.

Meses después, durante el rodaje en Viena, conoció a George Feifer.

Conversaron sobre la novela y la adaptación. En medio del diálogo, Feifer mencionó algo con cierta tristeza: había perdido su ejemplar personal del libro años atrás. Se lo había prestado a un amigo en Londres. Estaba lleno de sus anotaciones en tinta roja. Nunca volvió a verlo.

Hopkins sintió un estremecimiento. Preguntó, con cautela, qué tipo de anotaciones eran. Reflexiones sobre los personajes. Tinta roja.

Hopkins pidió un momento. Regresó con el libro.

¿Es este?

Feifer lo abrió. Pasó páginas. Se quedó en silencio.

Su libro

Era su copia. Su caligrafía. Sus pensamientos. El libro que había desaparecido en el caos de Londres, que había atravesado manos desconocidas y terminado en un banco de metro, justo el día en que el único hombre que lo necesitaba desesperadamente pasó por allí.

No una edición cualquiera. La suya.

Hopkins nunca ha intentado explicar la historia. Solo la cuenta con asombro. Ha mencionado en varias ocasiones su fascinación por la sincronicidad, ese concepto desarrollado por Carl Jung que habla de coincidencias tan significativas que parecen contener un patrón invisible.

Los escépticos hablarán de probabilidad. Otros hablarán de destino.

Lo cierto es que un libro perdido encontró al lector exacto en el momento preciso. Y luego regresó a su autor.

En un mundo regido por estadísticas y lógica, a veces ocurre algo que no encaja en ninguna ecuación.

Quizá algunos libros eligen a sus lectores. Quizá algunas historias necesitan encontrarse a sí mismas antes de ser contadas. O quizá, de vez en cuando, la realidad nos recuerda que lo imposible no siempre es magia. A veces es simplemente lo improbable… decidiendo aparecer.

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