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En 1957, dos ingenieros tuvieron una idea que parecía adelantada a su tiempo.
Alfred Fielding y Marc Chavannes sellaron dos láminas de plástico, atrapando pequeñas burbujas de aire en su interior. Su objetivo no era proteger objetos.
Querían crear papel tapiz.
Un revestimiento tridimensional, moderno, futurista. Algo que transformara las paredes comunes en superficies con textura y volumen.
La teoría sonaba prometedora. La práctica fue un desastre.
Nadie quería cubrir su casa con algo que parecía material de embalaje industrial. El proyecto fracasó casi de inmediato y quedó archivado como una mala apuesta. Pero no lo abandonaron del todo.
Fielding y Chavannes entendieron que, aunque el propósito inicial no funcionaba, el material tenía algo especial. Flexible. Ligero. Amortiguador.
Entonces cambiaron la pregunta.
No “¿cómo decoramos paredes?”, sino “¿qué necesita protección?”.
En una época en la que los envíos aún dependían de periódicos, trapos o paja, aquella lámina con burbujas ofrecía una solución radicalmente distinta. Aire encapsulado como sistema de defensa.
En 1960 fundaron Sealed Air, y el destino del invento cambió por completo.
El punto de quiebre llegó cuando IBM eligió el material para proteger su computadora 1401 durante el transporte. Si una máquina de ese valor confiaba en esas burbujas, el mercado escucharía.
Y así fue.
El plástico de burbujas, conocido en muchos países como Pluriball, se convirtió en estándar global de embalaje. Conquistó almacenes, oficinas postales, empresas de mudanzas y centros logísticos.
Lo que comenzó como una mala idea terminó revolucionando la logística mundial.
Y, de paso, regaló al planeta uno de los antiestrés más universales jamás creados.
A veces el fracaso no es el final.
Es simplemente el producto equivocado… con el uso correcto aún por descubrir.