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La gran paradoja: el hambre presupuestado del pueblo y el turismo fantasma

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Por Jorde Sotero ()

La Habana.- Los discursos del presidente Miguel Díaz-Canel y su primer ministro, Manuel Marrero, son un coro estacional de urgencias agrícolas. Hablan de «soberanía alimentaria» con la vehemencia de un predicador en el desierto, convocan a la producción como si fuera una cruzada patriótica y culpan al bloqueo de cada plato vacío.

Sin embargo, los fríos números publicados por su propia Oficina Nacional de Estadística (ONEI) para 2025 cuentan una historia distinta, una que desnuda la verdadera pirámide de prioridades del régimen: en la cúspide, el turismo de los hoteles vacíos; en la base, olvidado y hambriento, el pueblo.

Mientras Díaz-Canel arenga sobre sembrar y criar, el presupuesto nacional ejecuta su veredicto silencioso. El sector agropecuario, supuesto corazón de la supervivencia, ha sido condenado a la inanición financiera. Con una participación risible del 2.1% en la inversión total, marca su mínimo histórico en tres décadas.

Para entender la magnitud del desprecio, basta una comparación que duele: en el peor momento del Periodo Especial, cuando el hambre era un hecho cotidiano, la agricultura recibía el 16.3% de la inversión. Hoy, en medio de una crisis alimentaria tan o más profunda, el gobierno invierte doce veces menos en producir comida. Los llamados son patéticos porque la traición es presupuestaria.

Una sola prioridad, el turismo

¿A dónde van entonces los recursos, si no a la tierra que nos da de comer? La respuesta está en la obsesión que no cesa. El sector turístico, a pesar de su colapso operativo, de sus hoteles desocupados y sus perspectivas sombrías, sigue acaparando más de una quinta parte de toda la inversión nacional.

Es una apuesta al espejismo, a la fe en un milagro futuro, mientras el presente se desmorona. Se privilegia la construcción y mantenimiento de capacidades ociosas —palacios de cristal para nadie— sobre la siembra de un boniato. La prioridad no es la mesa familiar, sino la habitación de hotel que lleva años esperando un huésped.

Esta demencia tecnocrática se extiende como un cáncer. El sector energético, pilar de cualquier economía moderna y causa de la angustia diaria de los cubanos, tampoco recibe el «salto inversionista» prometido. Se mantiene en un limbo de parches, mientras el país vive a oscuras.

Salud, educación y ciencia —la tríada del desarrollo humano— reciben migajas, demostrando que el futuro de la nación es también una partida sacrificable en este altar de las prioridades invertidas.

El hambre seguirá

Así, el gobierno construye su gran paradoja: un país que invierte contra sí mismo. Mientras la retórica oficial clama por la producción, el capital se vierte en los cimientos de un sector improductivo y quebrado.

Es la ilustración perfecta de un régimen que ha divorciado por completo el discurso de la acción, que prefiere el símbolo de un megaproyecto hotelero —aunque esté vacío— al logro tangible de una cosecha. La alimentación del pueblo nunca fue la prioridad; fue, y sigue siendo, la excusa.

Por eso, cuando Díaz-Canel y Marrero vuelvan a hablar de «enfrentar el desafío alimentario» desde sus tribunas, hay que recordar el informe de la ONEI. Sus palabras son el humo que distrae del fuego de una verdad incómoda: el hambre del pueblo está presupuestada.

La gran prioridad nacional, la que recibe el oro y el cemento, sigue siendo el turismo. Un turismo que no llega, mientras los estómagos vacíos sí, multiplicándose cada día en un país que su dirigencia prefiere adornar para extranjeros inexistentes, antes que alimentar a sus propios hijos.

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