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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
En Cuba se ha sostenido durante más de seis décadas una de las farsas más repugnantes del poder: predicar austeridad mientras se vive en privilegio. Mientras el pueblo aprendía a sobrevivir con hambre, apagones, salarios miserables y miedo, una élite blindada —encabezada por los Castro— construyó un modo de vida de lujo, placer y dominio, a costa de una nación entera.
El castrismo no solo destruyó la economía: destruyó la moral pública. Se proclamaron “revolucionarios” para justificar el saqueo. Se declararon “comunistas” para convertir a Cuba en una finca. Y usaron la palabra “pueblo” como coartada para robarle al pueblo.
Pero la pregunta inevitable es esta: ¿dónde está la fortuna?
La respuesta es todavía más inquietante: no siempre está en una cuenta bancaria con su nombre. En Cuba, la riqueza real no se guardó como en el capitalismo tradicional. Se escondió en un sistema perfecto: riqueza sin firma, lujo sin escrituras, robo sin tribunal.
En un país normal, el millonario compra mansiones. En Cuba, el jerarca no necesita comprar nada: le basta con mandar. El Estado se convirtió en su billetera y la nación en su caja fuerte. Así nació la fortuna invisible: residencias exclusivas, fincas vedadas, clínicas para la cúpula, escoltas, combustible, viajes, importaciones, tiendas reservadas, acceso a divisas y, sobre todo, acceso al silencio.
La gran evidencia estructural del botín se resume en un hecho: el control militar de la economía. Hoteles, turismo, puertos, tiendas en divisas, remesas, inmobiliarias, importaciones, logística. Un aparato creado no para servir al cubano, sino para blindar a los dueños reales del país. Cuba está quebrada, sí, pero la cúpula jamás lo estuvo. Mientras el pueblo contaba granos de arroz, los generales contaban ingresos en dólares.
El castrismo además construyó un país dentro del país: una geografía de puertas cerradas. Zonas prohibidas, villas ocultas, lugares donde el cubano no entra, no pregunta, no mira. Porque el poder no se limita a vivir mejor: necesita humillar, marcar distancia, imponer miedo.
Y como toda aristocracia, el privilegio se volvió herencia. En Cuba el mérito no abre puertas: las abre el apellido. El sistema se reprodujo como un clan: familiares, herederos, allegados, todos orbitando el poder, protegidos por la impunidad.
La verdad final es esta: el comunismo no eliminó las clases; las perfeccionó. Predicaron igualdad, pero construyeron castas. Predicaron dignidad, pero obligaron al pueblo a mendigar. Y predicaron sacrificio, pero vivieron como monarcas.
Por eso, cuando se hable del desastre cubano, no se diga solo que faltó pan, medicinas o electricidad. Lo que faltó fue justicia, decencia. Lo que faltó fue libertad. Porque el comunismo en Cuba no fue pobreza: fue saqueo.