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La emigración es un producto interno bruto

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Por Luis Alberto Ramírez

Miami.- Cuba atraviesa una de las transformaciones demográficas más profundas de su historia reciente. Más del 22 % de la población tiene hoy 60 años o más, mientras la base laboral se reduce año tras año. El fenómeno no es coyuntural ni accidental: se trata del resultado acumulado de décadas de baja natalidad, deterioro económico y, sobre todo, de un éxodo masivo que se ha acelerado de manera inédita en el último trienio.

Entre 2022 y 2024, más de medio millón de cubanos abandonaron el país, en su mayoría jóvenes en plena edad productiva. Aunque las cifras exactas varían según la fuente, los datos migratorios de países receptores y las estimaciones académicas coinciden en un punto esencial: la Isla se está deshaciendo de sus pobladores a un ritmo acelerado, comprometiendo su futuro demográfico y económico.

El envejecimiento acelerado no sería en sí mismo una tragedia si estuviera acompañado de una economía capaz de sostener a su población mayor. Pero en Cuba ocurre lo contrario: menos trabajadores activos deben sostener a más jubilados, en un contexto de baja productividad, salarios deprimidos y un sistema de seguridad social cada vez más precario. La emigración de jóvenes, profesionales, técnicos, obreros calificados, profundiza ese desequilibrio y deja vacíos difíciles de llenar.

Lejos de frenar este flujo, la estrategia del gobierno ha sido, en los hechos, facilitarlo. La razón es simple y cruda: un cubano emigrado resulta mucho más “productivo” para el Estado que uno que permanece en la Isla. Por mucho que pueda producir un trabajador dentro de Cuba, esa producción es mínima si se compara con el volumen de divisas que llegan a través de remesas, recargas, envíos y pagos de servicios vinculados a la diáspora.

Cuba no saldrá de su agujero

Las remesas se han convertido en una de las principales fuentes de ingreso en divisas. A ellas se suma una compleja maquinaria de control y extracción: tasas consulares elevadas, trámites migratorios costosos, pasaportes con precios desproporcionados y la dependencia de tiendas que venden en monedas fuertes. Todo este entramado se sostiene, paradójicamente, sobre la expulsión de ciudadanos.

El modelo funciona porque apela a un vínculo poderoso: la familia. El emigrado produce en el exterior y envía recursos a quienes quedaron atrás, no por afinidad con el sistema, sino por necesidad afectiva y moral. El régimen, consciente de ello, captura una parte sustancial de ese flujo mediante mecanismos formales e informales. Así, obtiene más divisas del sacrificio del emigrante que de la productividad laboral nacional.

El resultado es un país cada vez más viejo, más dependiente del exterior y con menos capacidades internas para revertir su crisis. Apostar al éxodo como estrategia económica puede aliviar tensiones a corto plazo, pero hipoteca el futuro: sin jóvenes, sin fuerza laboral y sin incentivos para producir, Cuba se encamina a un estancamiento demográfico y económico del que será muy difícil salir.

En última instancia, el envejecimiento acelerado y la emigración masiva no son fenómenos aislados, sino dos caras de un mismo modelo que ha renunciado a retener y aprovechar a su gente, prefiriendo convertirla en fuente de ingresos… Cuba está cayendo en un agujero del que será muy difícil sacarla.

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