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Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- Desde 1959, los gobiernos de Fidel Castro y las camarillas posteriores lograron una hazaña digna de estudio: tomar un país próspero, productivo y de enorme potencial, y convertirlo en un parásito crónico. Un logro, sin duda. No cualquiera destruye tanto durante tanto tiempo.
Cuba, ese territorio que algunos insisten en pintar como pobre por naturaleza, posee una riqueza cultural y natural capaz de sostener una potencia turística. Pero claro, ¿para qué aprovechar un recurso inagotable cuando se puede hundir?
La tierra es tan fértil que prácticamente entrega sus frutos. Es ideal para cultivos y ganadería, pero mejor importar pollo congelado desde cualquier parte.
Aunque no tenga petróleo, sí cuenta con níquel y cobalto, minerales codiciados en el mercado internacional. Sin embargo, ¿quién quiere ingresos cuando se pueden tener discursos? Ah, y está el mejor tabaco del mundo. Ese sí lo mencionan, porque da prestigio. Lo que no da es comida.
Todo esto se afirma para que, al observar la Cuba actual, se comprenda la magnitud del desastre perpetrado por el régimen socialista. De cifras, presupuestos o déficit fiscal, mejor ni hablar: no vaya a ser que alguien caiga en la desesperación. No existe calificativo para el destino impuesto por estas camarillas de cuatreros socialistas. ¿Puede alguien que ha provocado semejante ruina amar a Cuba? Es una pregunta incómoda, pero necesaria.
Entrado 2026, con una Venezuela inmovilizada —entregando su «solidaridad inquebrantable» a su aliado Trump—, Cuba se ha quedado absolutamente sola. Europa ha roto el tratado de colaboración y el gobierno cubano, fiel a su estilo, no ha dicho ni pío. Ya nadie se atreve a enviar un gramo de petróleo. Ni siquiera Angola, donde murieron miles de cubanos. Un detalle elocuente.
La pregunta que surge es inevitable: ¿para qué fue todo esto? ¿En nombre de qué causa superior? La respuesta es contundente: para nada. Para ser líderes mundiales del fracaso durante 67 años. En economía, en política exterior, en la elección del sistema… en todo. Excelencia absoluta en el descalabro.
Los tentáculos de esta isla diminuta se extendieron por el mundo, metiéndose en guerras ajenas y financiando movimientos subversivos que se autoproclamaban de izquierdas. Todo muy internacionalista, claro, siempre y cuando el costo lo pagara exclusivamente el pueblo cubano. Ese es nuestro historial. Y así nos ve el mundo. Son 67 años de descalabro económico, ideológico y social que pocos han querido mirar de frente.
Hoy se discute si Estados Unidos debe actuar militarmente, negociar o incluso considerar la anexión. Las opiniones varían, pero algo parece evidente: con el gobierno cubano no hay nada que negociar.
Ya conocemos el funcionamiento de sus promesas; el expresidente Obama podría dar una charla magistral al respecto.
La única salida viable es asfixiar políticamente a quienes condujeron al país al abismo. La diplomacia del petróleo sería un buen primer paso, pero solo si la camarilla abandona el poder por completo. Dejar a uno dentro es como dejar una chispa en un pajar.
Cuba necesita ser limpiada de ideología y de los parásitos que viven de ella. El comienzo es sacarlos del poder. No se vislumbra otra solución, tal como no la hay con figuras como Delcy Rodríguez en Venezuela. El tratamiento debe ser radical, como el de la fiebre porcina africana: todos fuera.
Muchos analistas creen que Trump tiene ante sí una oportunidad histórica única: eliminar de raíz el último bastión del socialismo castrista en el hemisferio. Veremos si, esta vez, la historia decide cooperar.