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La dictadura acusa a exiliada en EE.UU. de organizar incursión armada

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Por Oscar Durán

La Habana.- La versión oficial volvió a activarse con la precisión de un libreto aprendido de memoria. Según la agencia Sputnik, el Ministerio del Interior de Cuba señaló a la cubana Maritza Lugo Fernández, residente en Estados Unidos, como autora intelectual del incidente ocurrido frente a las costas de la isla. En ese incidente, una lancha con bandera estadounidense habría abierto fuego contra guardafronteras.

La historia, contada por el propio aparato de Seguridad del Estado, tiene todos los ingredientes clásicos. Ellos son conspiración externa, contrarrevolución financiada desde Florida y un plan violento para desestabilizar al país.

El coronel Víctor Álvarez Valle, segundo jefe del órgano especializado en delitos contra la Seguridad del Estado, aseguró que Lugo Fernández es cabecilla del llamado Movimiento 30 de Noviembre. Además, afirmó que desde su finca en Estados Unidos se prepararon las acciones. Según dijo, el objetivo era infiltrarse en Cuba, promover desorden público y atacar unidades militares. Todo —como siempre— “debidamente comprobado”. El problema es que en la isla las pruebas rara vez se exhiben con transparencia. Basta la palabra del Ministerio para construir culpables y cerrar el relato.

De acuerdo con la versión oficial, la embarcación ingresó en aguas territoriales cubanas y se produjo un enfrentamiento que dejó cuatro muertos y seis heridos entre los diez ocupantes, todos cubanos residentes en Estados Unidos. También se informó sobre la detención en la isla de un supuesto colaborador que habría sido “enviado” para recibir a los infiltrados y que ya confesó su participación. Por otro lado, las confesiones rápidas, los interrogatorios preliminares y las admisiones sin presencia de defensa independiente forman parte de un guion demasiado conocido en un sistema judicial que responde al poder político.

Las autoridades aseguraron además que en la lancha —registrada en el estado de Florida— se incautaron fusiles de asalto, armas cortas, explosivos artesanales, chalecos antibalas y uniformes de camuflaje. Es decir, se trataba de un arsenal completo que refuerza la narrativa de “incursión terrorista”. Sin embargo, la información proviene exclusivamente de la propia institución que controla la investigación, la escena y la comunicación pública. En un país sin prensa independiente con acceso real a fuentes oficiales, el ciudadano solo puede consumir la versión que el Estado decide ofrecer.

Más allá de la veracidad o no de los hechos —que deben investigarse con rigor y transparencia—, lo que resulta evidente es la necesidad permanente del régimen de sostener un enemigo externo como tabla de salvación política. En medio de una crisis económica asfixiante, apagones interminables y escasez crónica, la historia de una infiltración armada vuelve a colocar el foco en la “amenaza extranjera” y no en la responsabilidad interna. En realidad, la dictadura cubana lleva décadas perfeccionando ese mecanismo. Cuando la realidad aprieta, se activa el fantasma de la agresión para cohesionar y justificar más control. El libreto cambia de protagonistas, pero el desenlace siempre es el mismo.

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