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La decisión no está en La Habana: el futuro de Cuba se define en Washington

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Durante décadas, los cubanos hemos vivido en la ficción de que nuestro destino depende de nosotros. Nos han enseñado que la soberanía es un dogma, que la independencia es un valor absoluto, que la patria se defiende con las armas. Pero la realidad, esa que duele pero que hay que mirar de frente, es que el futuro de Cuba no se juega en La Habana.

No se juega en la Asamblea Nacional, ni en los debates de la oposición, ni en los salones de la familia Castro. El futuro de Cuba se juega en Washington. En el Congreso de Estados Unidos. En la Casa Blanca y en las decisiones que tomen Donald Trump, Marco Rubio y los legisladores que tienen en sus manos la llave que abrirá, de una vez por todas, la jaula en la que nos tienen encerrados desde hace 67 años.

Los cubanos podemos protestar, podemos soñar, podemos hacer cacerolazos. Pero la verdad, la verdad incómoda, es que no tenemos el poder para cambiar nuestro destino. El poder está al norte. El poder está en la superpotencia que durante décadas ha mirado hacia otro lado, que ha permitido que esta dictadura se perpetúe, que ha negociado con los Castro cuando le ha convenido.

Pero ahora, por primera vez en la historia, hay una administración en Washington que no está dispuesta a seguir con la misma política de siempre. Trump lo ha dicho claro: Cuba tiene que cambiar. Y el cambio, si llega, no será porque los cubanos lo hayamos conseguido por nosotros mismos. Será porque Estados Unidos lo decida.

Las familias pesan

La pregunta entonces no es si Cuba será libre. La pregunta es qué tipo de libertad nos espera. Porque Washington no va a liberarnos para dejarnos a la deriva. Va a liberarnos para integrarnos. Para hacer de Cuba lo que quiera que sea: un estado libre asociado como Puerto Rico, un protectorado bajo la protección de la estrella solitaria, un territorio organizado, o quizás, si los astros se alinean, un estado más de la Unión.

Incluso, quién sabe, es posible que Cuba termine siendo parte de Florida, extendiendo la frontera sur de Estados Unidos hasta las puertas del Caribe. Todas esas opciones están sobre la mesa. Y todas, sin excepción, son mejores que lo que tenemos ahora.

Porque lo que tenemos ahora es un país en ruinas, una economía de trueque, un pueblo condenado a la miseria mientras una casta de privilegiados vive en la opulencia. Lo que tenemos ahora es un régimen que ha convertido la soberanía en un sarcasmo, la independencia en una burla, la patria en una cárcel.

Cualquier cosa será mejor. Pero hay una opción que brilla con luz propia, que es la que millones de cubanos sueñan en silencio: ser parte de Estados Unidos. No como un satélite, no como una colonia, sino como un pedazo de esa nación que ha sido, desde siempre, el faro de libertad al que han mirado los que nos quedamos mientras otros tuvieron que huir.

Dependemos de ellos

No hay una familia cubana con hijos en Miami, con padres en Tampa, con abuelos en Nueva York, con hermanos en Chicago, que no abogue por esa solución. No hay un cubano que haya sufrido la humillación de pedir una visa, de esperar años, de ver cómo la dictadura le impide abrazar a los suyos, que no desee con toda el alma que Cuba sea parte de Estados Unidos. Porque ser parte de Estados Unidos no es renunciar a nada. Es ganarlo todo. Es tener una Constitución de verdad, es tener un presidente electo por el pueblo, es tener derechos que nadie te pueda quitar, es tener la certeza de que tu voto vale, de que tu vida te pertenece, de que tu futuro está en tus manos.

Así que dejemos de perder el tiempo en debates estériles sobre la soberanía. La soberanía, como la hemos conocido, es un cuento que nos contaron para someternos. La verdadera soberanía no es tener una bandera en un mástil mientras tu pueblo se muere de hambre. Porque la verdadera soberanía es vivir en un país donde tus derechos sean inviolables, donde la ley te proteja, donde el Estado te sirva a ti y no al revés.

Y eso, en el mundo de hoy, solo lo garantiza una nación: Estados Unidos. Por eso, cuando Trump y Rubio decidan el futuro de Cuba, estarán decidiendo el futuro de millones de cubanos que, por fin, tendrán la oportunidad de ser libres. De verdad. No de esa libertad de cartón que nos vendieron en 1959. La libertad de verdad, la de los que pueden soñar sin miedo. La de los que pueden vivir. Y por eso, aunque duela decirlo, el futuro de Cuba no depende de nosotros. Depende de ellos. Y ellos, por primera vez, están listos para hacerlo realidad.

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