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Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Durante semanas, desde el gobierno cubano repitieron la misma cantinela como un mantra: no hay negociaciones con Estados Unidos, eso es puro invento de la prensa enemiga, maniobra de desinformación, propaganda del imperio.
El presidente, el canciller, el vicecanciller Fernández de Cossío, el analista y vocero Jorge Legañoa, todos, absolutamente todos, salieron a desmentir con una vehemencia que hoy resulta, cuando menos, patética. Legañoa, ese mismo que hace apenas unos días se rasgaba las vestiduras en televisión nacional calificando de «chanchullo» las versiones de diálogo, estuvo presente este viernes en la comparecencia de Díaz-Canel, escuchando con cara de póker cómo el presidente confirmaba lo que él había negado.
Uno se pregunta: ¿en qué momento se enteró Legañoa de que lo que decía era mentira? ¿Lo sabía mientras hablaba? ¿O fue informado después, como el resto de los mortales?
Y luego está Díaz-Canel. El presidente impuesto, ese que muchos creían marginado de las conversaciones, salió a decir que todo estaba supervisado por Raúl Castro y por él mismo. O sea, que los Castro sabían. Que el anciano de 94 años, ese que apenas sale de su casa, estaba al tanto de cada paso.
Pero entonces, ¿por qué Díaz-Canel no dijo nada antes? ¿Por qué dejó que sus subalternos hicieran el ridículo negando lo evidente, mientras Trump y Marco Rubio hablaban abiertamente de contactos con La Habana? La respuesta solo puede ser una: o lo tenían al margen, o lo usaron como moneda de cambio en sus propias luchas internas. Y ninguna de las dos opciones lo deja bien parado.
Lo más insólito de todo es que sea el propio gobierno el que termine sembrando el descrédito de los medios que le responden. Porque si algo quedó claro esta semana es que en Cuba no hay información, solo consignas. Y las consignas cambian según el viento. Lo que ayer era herejía, hoy es verdad revelada. Lo que ayer era chanchullo, hoy es diálogo constructivo. Y los periodistas oficiales, esos pobres diablos que creyeron estar del lado correcto de la historia, se enteran por la televisión de que todo lo que dijeron era mentira. O peor: lo sabían y mintieron igual. En cualquiera de los casos, el descrédito es total.
Y luego está la puesta en escena. La reunión de la más alta esfera del poder, cuidadosamente coreografiada, con las sillas en su sitio y los encuadres medidos al milímetro. Y allí, en primera fila, sentado como si fuera uno más, estaba el nieto escolta. El Cangrejo. Sin el escoltado. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué las cámaras lo enfocaron una y otra vez? ¿Acaso no previeron que su presencia terminaría siendo más elocuente que la del propio presidente? ¿O fue un mensaje, un guiño, una forma de decir «aquí mando yo aunque no salga en la foto»? Porque en este país de mentiras y medias verdades, hasta las sillas hablan. Y la silla del Cangrejo, en primera fila, dijo mucho más que todos los discursos de Díaz-Canel juntos.
La conclusión es tan obvia como amarga: en Cuba, el poder es una caja negra. Nadie sabe quién decide, nadie sabe quién negocia, nadie sabe quién manda realmente. Y los que creen saber, los que salen en televisión a repetir consignas, resultan ser los últimos en enterarse. Legañoa, Cossío, el propio Díaz-Canel… todos piezas de un tablero que no controlan, movidos por manos que no ven. Y mientras tanto, el pueblo sigue esperando. Esperando que alguien, alguna vez, diga la verdad de una vez. Pero la verdad, en este país, es como el Cangrejo: aparece donde menos se le espera, y cuando lo hace, siempre es para confirmar que el poder sigue siendo un secreto bien guardado.