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La Cuba del futuro: que se hunda lo que tenga que hundirse, pero que los Castro se vayan

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay por ahí algunos analistas, de esos que se llenan la boca con la palabra «transición», que andan preocupados por la Cuba del futuro. Ante la posibilidad real y cada vez más cercana del fin del castrismo, salen con sus advertencias de manual: cuidado, que no podemos dejar a la deriva los hospitales pediátricos, los asilos de ancianos, las fuerzas del orden, las Fuerzas Armadas, la producción agrícola.

Lo dicen, como si cambiar el actual sistema, ese que ha demostrado ser un fracaso rotundo durante sesenta y siete años, fuera a sumirnos en un pozo sin fondo del que nunca podríamos salir. Como si el castrocomunismo, con su récord de colas, apagones y desesperación, fuera la única tabla de salvación posible.

Y yo me pregunto: ¿de verdad creen que podemos estar peor de lo que ya estamos? ¿De verdad piensan que los ancianos de esta isla, esos que hoy sobreviven con una pensión que no alcanza ni para comprar un cartón de huevos, pueden estar más abandonados de lo que ya están? ¿De verdad imaginan que los niños de los hospitales pediátricos, esos que carecen de medicinas básicas, de anestesia, de lo más elemental, pueden estar más desprotegidos?

Si hay algo que el castrismo ha demostrado con creces es su capacidad para vaciar de contenido cualquier promesa de bienestar. La igualdad de la que tanto presumen ha convertido en mendigos a un porcentaje altísimo de la población cubana. Y mientras tanto, una élite reducida, que apenas llega al cinco por ciento, se da la gran vida. Sobre todo los que llevan el apellido Castro.

El futuro se resuelve después

Yo solo quiero que el castrismo caiga. Y que pase lo que tenga que pasar. Que se hunda lo que tenga que hundirse. Porque lo que tenemos hoy, ese edificio carcomido que llaman revolución, no se sostiene ni con cien mil discursos. Y si se hunde, que se hunda.

Ya los cubanos, libres por fin, nos las arreglaremos para cuidar a nuestros ancianos, para atender a nuestros niños, para poner a producir el campo, para atraer inversiones, para levantar este país en ruinas. Nos va a llevar tiempo, sí. Nos va a costar sudor y lágrimas, también. Pero lo haremos con nuestras manos, con nuestra cabeza, con nuestra libertad. Sin tutelas, sin dogmas, sin miedo.

El problema, la gran duda, no puede estar en lo que pasará después. La única duda que debería ocuparnos es cómo terminamos de una vez con los Castro. Cómo sacamos de raíz a esa familia que ha convertido el país en su finca particular. Cómo desmantelamos ese entramado de poder que ha chupado la sangre de generaciones enteras. Eso es lo urgente. Eso es lo prioritario.

Lo demás, lo del futuro, se resuelve después. Porque por muy complicado que sea el camino, por muy empinada que resulte la cuesta, una cosa es segura: sin los Castro, Cuba ya habrá ganado la mitad de la batalla.

No me hablen de riesgos

Los analistas que se preocupan por los detalles de la transición deberían preocuparse más por acelerar el final. Porque mientras ellos discuten cómo repartir los ministerios, cómo reorganizar las fuerzas armadas, cómo reestructurar la agricultura, los Castro siguen ahí.

El anciano de 94 años sigue mandando desde su casa. Su nieto, el Cangrejo, sigue negociando con Washington como si fuera el dueño del país. Y el pueblo sigue esperando. Cansado, hambriento, a oscuras, pero esperando. Eso es lo que hay que cortar de raíz. La espera. La resignación. El miedo.

Así que no me vengan con cautelas. No me hablen de los riesgos de la transición. No me pinten escenarios apocalípticos de un país sin gobierno. Porque el único apocalipsis que hemos conocido en sesenta y siete años es este: el de la dictadura, el de la miseria, el de la falta de libertad.

Lo que venga después, por malo que sea, no puede ser peor. Y si es peor, al menos será nuestro. Al menos podremos cambiarlo sin pedir permiso. Al menos podremos levantarnos cada mañana sabiendo que el futuro depende de nosotros. Y eso, amigos, no tiene precio. Eso es la libertad. Eso es lo único que importa.

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