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Por P. Alberto Reyes (Especial para El Vigía de Cuba)

Camagüey.- La historia de los pueblos es un proceso en el cual se va decidiendo dar continuidad a unas cosas y no darlas a otras.

Por supuesto, la continuidad y la discontinuidad necesitan un criterio que guíe la elección de lo que
debe seguir y de lo que debe desaparecer.

Y el criterio lógico es elegir lo que contribuye a que la vida del pueblo vaya mejor, porque es un criterio que se confronta con la realidad.

De lo contrario, nos arriesgamos a guiarnos por criterios que, en vez de buscar su confirmación en la vida cotidiana y real, lo buscan en la ideología, en el gusto personal, en el capricho, o en la simple pasión por manejar la vida de los otros.

Ninguno de estos últimos criterios puede sostener la pretensión de continuidad, porque el hecho de que mis ideas sean hermosas o yo esté convencido de que van a funcionar no significa que, de hecho, conduzcan a una vida mejor.

Del mismo modo, mis gustos y deseos tampoco son la garantía de un bienestar social, mucho menos mis caprichos, ni mi convencimiento de que la sociedad sólo puede progresar si todo se controla.

A partir del proceso iniciado en 1959, en nuestra patria se descontinuaron muchas cosas que sostenían la salud de la sociedad.

Se descontinuó el pluripartidismo y con ello, el derecho a la sana oposición; las elecciones libres que permiten un cambio de sistema según la voluntad popular, la autonomía de los medios de comunicación social y con ello la libertad de prensa, radio y televisión, el derecho a la huelga y a la manifestación pacífica, y la libertad de expresión sin consecuencias punitivas.

Tantas cosas discontinuadas

Se descontinuó la pluralidad de opciones en la enseñanza, la intervención privada en el sistema de salud, la iniciativa empresarial privada y el libre mercado.

También se descontinuó la autonomía del sistema judicial y la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial; la autonomía de los movimientos universitarios, la función de los sindicatos como defensores del obrero…

Por el contrario, se ha dado continuidad a promociones y nombramientos en base a la fidelidad al
“Proceso revolucionario” y no según la capacidad real de gestión de la persona.

Se ha dado continuidad a mecanismos que han desarticulado el poder de la sociedad civil, a políticas económicas fallidas, al control férreo y absoluto de la vida ciudadana.

También a la mentira institucionalizada, a la doble moral, a las promesas vacías.

Y al final, luego de todos estos años de continuidades y discontinuidades, la vida ha hablado, porque
la vida siempre habla.

Podemos no querer escucharla, podemos intentar ignorarla e insistir en que lo que dice no es cierto, pero la vida está ahí, la realidad es la que es, y si el criterio para elegir lo que debe seguir o debe desaparecer es lo que contribuye a que la vida de un pueblo vaya mejor.

No es difícil comprender que necesitamos continuar lo que un día descontinuamos y descontinuar aquello a lo que por tanto tiempo hemos dado continuidad.

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