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Por Joaquín Santander ()
Caracas.- Delcy Rodríguez viste de rojo, como siempre. Un rojo de jefe de Estado, de ministra, de hermana mayor, de sombra proyectada sobre los pasillos del poder. Pero desde hace unos días, su tarea principal no es firmar decretos ni viajar a foros internacionales. Su misión, la que le ha encomendado el hermano, es la caza. La búsqueda de los nombres, de los gestos, de las llamadas que pudieron delatar el escondite más secreto. Es un trabajo sucio, de ratonera, que ella asume con esa gravedad hierática que la hace parecer siempre a punto de dictar una sentencia. Mientras, en Caracas, corre el rumor de que alguien, muy dentro, abrió la puerta de la casa y señaló con el dedo. Alguien vendió la llave.
La orden de rastrear a “los elementos” que ayudaron a los americanos no es una medida de seguridad. Es el reconocimiento tácito, el que se pronuncia en voz baja en los círculos rojos, de que el árbol está podrido por dentro. Que la savia ya no sube y que la carcoma ha hecho su festín. Maduro, el inquilino principal de esas cuatro residencias maquetadas como casitas de juguete por los marines, confiaba en anillos de seguridad que resultaron de cristal. Lo saben todos. Lo sabe Delcy, que ahora debe limpiar la casa con la ferocidad de quien sabe que la próxima diana puede ser ella. Hay cincuenta millones de razones, las que puso Trump sobre la mesa, para que la desconfianza sea ahora el único principio que rija el palacio.
Imaginen la escena que no veremos: los técnicos gringos, con sus planos y sus pantallas táctiles, estudiando no los movimientos de tropas, sino los paseos de los perros, la rutina de la lavandería, el horario en que llega el café. La intimidad como blanco militar. No fue un satélite milagroso, ni un drone invisible, lo que dio con el hombre. Fue la puerta fría. La venta a domicilio. La entrega con lujo de detalles: “Está en la casa de la urbanización tal, la del jardín con la fuente, la que huele a jazmín de noche”. Alguien convirtió la vida privada del poder en una mercancía con precio de recompensa. Y Trump, que entiende todo en términos de transacción, pagó al proveedor.
Los tres anillos de seguridad, ese orgullo de los cuerpos especiales y de los asesores cubanos que los diseñaron, saltaron hechos añicos no por un misil, sino por un soplo. Las defensas antiaéreas, inútiles contra el enemigo que ya estaba dentro del living. La pregunta que ahora debe atormentar a Delcy en sus noches en blanco es simple y terrible: ¿quién? ¿Un militar descontento? ¿Un custodio con deudas? ¿Un cubano, quizás, de esos miles que tejieron la red de protección y que conocen cada baldosa, cada túnel, cada punto ciego? Si así fue, andará por ahí, en La Habana o en Panamá, un nuevo rico con acento caribeño y una cuenta que antes no tenía.
Todo esto lo sabe Delcy Rodríguez mientras camina por Fuerte Tiuna o por el Palacio de Miraflores, mirando de reojo a los de uniforme, midiendo las lealtades que ya no son ideológicas, sino mercantiles. El chavismo, aquel monstruo romántico y despiadado, se reduce hoy a una operación de contabilidad y miedo. De buscar al traidor entre los suyos antes de que el siguiente pago de Washington incentive una nueva traición. La revolución, la de los discursos épicos, murió para dar paso a esto: una junta de supervivencia donde la hermana de confianza revisa las cuentas y las culpas, sabiendo que el suelo bajo sus pies no es de mármol, sino de una capa fina de hielo sobre un abismo.
Al final, la anécdota que queda es ridícula y trágica. Que el hombre que se decía protegido por un pueblo, por una historia, por un legado, fue localizado porque alguien dijo a qué hora paseaban sus perros y qué camisa solía ponerse los viernes. La geopolítica hecha cotidianidad miserable.
Delcy Rodríguez, la mujer de rojo, entiende que su trabajo ya no es gobernar un país, sino custodiar un bunker moralmente vacío, donde el último sonido que se escucha es el de los propios guardias susurrando, calculando cuánto valdrían, en el mercado frío de la traición, los secretos que aún guardan. El poder, al final, es sólo eso: saber quién tiene la llave de tu casa y no está dispuesto a venderla… todavía.