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La caída del castrismo y el nuevo reparto territorial del mundo

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- La caída del castrismo no será un giro poético de la Historia ni un acto de justicia espontánea nacido en las plazas. Será, como casi todo en geopolítica, una decisión tomada por agotamiento, por costo y por oportunidad.

Estados Unidos no va a tolerar indefinidamente, a noventa millas, un régimen fallido que exporta inestabilidad, migración y miseria como si fueran productos nacionales. La dictadura cubana ya no es un símbolo útil: es un estorbo operativo. Y cuando un estorbo se vuelve rutinario, Washington hace lo que siempre hace: presiona, aprieta, asfixia, y si el tablero lo exige, empuja el derrumbe con la fuerza necesaria para que el colapso no se le vaya de las manos.

El mito del “rescate” ruso o chino es eso: un mito para consumo interno, una fantasía de resistencia administrada por la propaganda. Cuba está demasiado lejos de Moscú y de Pekín para justificar una pelea real con Estados Unidos en el patio donde rige, desde hace un siglo, la idea más vieja y más práctica de todas: América para los americanos.

No importa si lo dicen o si lo niegan en público; lo entienden. Lo respetan. Lo negocian. Rusia y China podrán brindar con discursos, podrán votar resoluciones, podrán mandar cargamentos simbólicos y delegaciones sonrientes. Pero no van a arriesgar el núcleo de sus intereses por sostener a un régimen caribeño que ni siquiera puede sostener su propia electricidad.

Rusia y China piensan en otras cosas

Eso no significa que no saquen provecho. Significa que lo sacarán donde realmente importa. China no necesita Cuba para cumplir su objetivo mayor, que es cerrar el capítulo de Taiwán. La isla rebelde es una obsesión de Estado, no una consigna ocasional. Pekín lleva años construyendo el escenario: presión diplomática, músculo militar, dependencia tecnológica del mundo, saturación de la paciencia ajena.

¿De verdad alguien cree que, en el momento decisivo, la comunidad internacional va a arriesgar un conflicto mayor por impedir un hecho consumado? Las condenas duran poco. Los tratados se reinterpretan. Y el mundo sigue comprando y vendiendo, que es lo único que nunca se detiene.

Rusia, mientras tanto, opera con la misma lógica brutal y antigua: el territorio se toma, se administra y luego se normaliza. Ucrania no es solo una guerra; es una lección para los vecinos y para el mundo: el mapa se puede mover si tienes la voluntad, el cinismo y el aguante.

Y si el precio de esa expansión incluye quedarse con una gran porción de lo que fue Ucrania, y mantener abiertas otras regiones conflictivas en el vecindario postsoviético, como Georgia, Moscú lo asume como parte del paquete.

La pregunta no es si el mundo lo aprueba. La pregunta es si el mundo está dispuesto a impedirlo. Y la respuesta, hasta ahora, ha sido una mezcla de indignación controlada y cálculo frío.

Cuba también saldrá ganando

Ahí es donde aparece el nuevo reparto territorial del mundo, menos solemne que el de los viejos imperios, pero igual de real. Tres potencias militares acomodan sus intereses, hacen concesiones tácitas, se toleran zonas de influencia y se reparten silencios. Cada una cede algo para ganar algo más. Cada una sabe qué peleas valen el costo y cuáles son puro teatro.

La moral pública se convierte en un accesorio y la diplomacia se vuelve contabilidad: cuánto pierdo si me meto, cuánto gano si miro hacia otro lado, cuánto puedo exigir sin provocar un incendio que me queme a mí también.

Y en medio de esa transacción global, el gran ganador es el pueblo cubano. No la nomenclatura, no el relato, no la épica, no el cartel. El pueblo. Porque si el castrismo cae, cae el yugo que ha convertido a una nación en un experimento de obediencia durante casi siete décadas.

Caerá el sistema que normalizó la cárcel como método, la pobreza como virtud y el futuro como amenaza. La liberación no será automática ni limpia, pero será real: el derecho a vivir sin permiso, a prosperar sin pedir disculpas, a hablar sin miedo, a volver a construir un país donde el Estado deje de ser un amo y pase a ser un empleado.

Eso, en el reparto territorial del mundo, es una victoria concreta. Y no necesita consignas para sostenerse.

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