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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Joel García León, director del semanario Trabajadores, al fin tuvo su momento de gloria en eso que llaman rueda de prensa de Miguel Díaz-Canel. La vez anterior, en aquella funesta comparecencia, se olvidaron de él. Pasó desapercibido, invisible, como si su puesto de director no mereciera ni una pregunta.

Pero este 13 de marzo, Arleen Rodríguez, esa presentadora que oficia de maestra de ceremonias del presidente, le dio la palabra en el tercer turno. Justo después del mentiroso de Jorge Legañoa y del aburrido de Randy Alonso.

Joel, que ha engordado notablemente desde que es director y tiene carro y gasolina asegurados, se sintió feliz. Apareció poco menos que un minuto en pantalla para preguntar una tontería, una de esas preguntas que dan pie a que el supuesto presidente hable de labores sindicales y bondades que solo él ve en su gobierno. Un minuto de gloria para un hombre que lleva veinte años esperando algo más.

Porque la historia de Joel es la de un trepador nato, de esos que aprenden pronto que en el periodismo revolucionario lo importante no es escribir bien, sino saber a quién hundir. Llegó a Trabajadores como estudiante y ya tenía claro que su futuro no estaría en las redacciones, sino en los viajes al exterior que patrocinaba el Comité Central.

Su obsesión por el deporte no era casual: el béisbol daba acceso a Clásicos Mundiales y Juegos Olímpicos, esa ventana al mundo que tanto anhelaba. Pero para llegar, primero tuvo que eliminar a Julio César Mejías con la ayuda de Ruden Tembrás, y luego enterrar al veterano Abelardo Oviedo Duquesne, aquel exbaloncestista que escribía mal pero disfrutaba de protección oficial. En el camino, dejó a Alberto Núñez Betancourt «flotando en el aire», como dicen los que saben, mientras él se quedaba con el diario digital.

El aparcado sueño de Granma

Lo curioso es que Joel nunca se conformó con la dirección de Trabajadores. Sueña con el Granma, el periódico de los periódicos, la joya de la corona del periodismo oficialista. No por vocación, claro, sino porque era el último escalón visible en su carrera de ambiciones. Y él venía de Infanta y Manglar, ese edificio que Fidel Castro regaló a los periodistas más leales, donde se codeó con pesos pesados del lameculismo como Rosa Miriam Elizalde, Rogelio Polanco y Randy Alonso.

Todos ellos, vecinos de lujo que compartieron con él en aquel bloque de apartamentos que era la antesala del cielo para los bienpensantes. Pero el Buró Político, ese órgano inescrutable que decide quién sube y quién baja, prefirió a Yoerky Sánchez Cuéllar, un hombre de 41 años sin sombras en su currículum, al menos que nosotros sepamos.

La noticia, según cuentan las fuentes, le ha quemado en las manos más que todos los ascensos que logró serruchando pisos durante veinte años. Él, que siempre se creyó destinado a más, ve cómo el sistema al que tanto sirvió prefiere a un burócrata del Comité Central, que llega desde Juventud Rebelde, antes que a un trepador de su astucia.

Porque el problema de Joel es que su ambición, tan útil para ascender en las redacciones, se vuelve un lastre cuando se aspira a la cúpula. En el castrismo, los trepadores demasiado evidentes incomodan; prefieren a los funcionarios discretos, esos que no dejan huella más allá de su fidelidad. Y Joel, ay Joel, dejó demasiadas huellas. Demasiados pisos serruchados. Demasiados cadáveres en el armario.

Por ahora, sin embargo, Joel García está feliz. Le dieron un minuto de gloria y la posibilidad de preguntarle a Díaz-Canel en la fatídica -supuesta- rueda de prensa de este viernes.

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