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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Cuba no avanza: se precipita. Y lo hace montada en un caballo desbocado que tiene nombre propio: inflación. No se trata de un fenómeno accidental ni de una tormenta pasajera; es la consecuencia directa de una deformación estructural, de un modelo económico que ha sustituido la producción por la improvisación, la eficiencia por el control y la riqueza real por el papel sin valor.

Imprimir billetes de 2,000 y 5,000 pesos en una economía sin respaldo productivo no es una solución: es una confesión de fracaso. Es admitir que no hay bienes, que no hay crecimiento, que no hay futuro inmediato.

El dinero deja de ser medida de valor para convertirse en simple ilusión numérica. A más billetes en la calle, menos capacidad real de compra. Es la lógica devastadora de toda economía intervenida sin límites: el Estado fabrica dinero, pero no puede fabricar riqueza.

La inflación en Cuba no es solo alta; es corrosiva. Devora salarios, pulveriza pensiones, convierte el ahorro en ceniza. El ciudadano trabaja, cobra y descubre que su esfuerzo ha sido anulado por decisiones tomadas lejos de la realidad cotidiana. Se produce así una ruptura moral: el trabajo deja de ser útil, la previsión pierde sentido y la dignidad se erosiona lentamente.

Una tragedia histórica

Hoy, estimaciones independientes, ante la opacidad oficial, sitúan la inflación real en un rango que puede oscilar entre 2,000% y más de 2,500% anual, dependiendo del mercado observado, especialmente el informal, donde se fija el verdadero precio de la vida. Esto no es inflación convencional: Es una dinámica cercana a la hiperinflación, donde los precios dejan de subir de forma gradual y comienzan a dispararse sin referencia estable.

El resultado es visible en cada esquina: Más dinero en los bolsillos, pero menos comida en la mesa. Más cifras, pero menos sustancia. El peso cubano se desangra mientras el ciudadano sobrevive en una economía paralela que el propio sistema ha creado sin reconocerla.

Y, sin embargo, el poder no rectifica. No corrige, no cede, no escucha. Porque su prioridad no es la prosperidad del país, sino la permanencia en el mando. La inflación, en este contexto, deja de ser solo un fenómeno económico para convertirse en un instrumento de dominación: Empobrece, desgasta, desmoviliza.

La tragedia, por tanto, no es solo material. Es histórica. Un país que alguna vez aspiró a construir futuro, hoy malvive administrando escasez. Un pueblo que merece producir y prosperar es condenado a sobrevivir entre billetes que no compran y promesas que no se cumplen.

Cuba no está en crisis: está atrapada en un modelo que produce crisis. Y mientras ese modelo no cambie, el caballo seguirá galopando, pero hacia el abismo.

¡¡¡Les esta claro !!!

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