La Habana.- El gobierno cubano ha concedido un indulto masivo a dos mil presos, y no menciona a los presos políticos. Dos mil. Apenas unos días después de haber liberado a otros 51. La pregunta que cualquier observador mínimamente avisado se hace es: ¿por qué ahora? ¿Por qué esa cantidad? ¿Por qué este repentino despliegue de «humanitarismo» justo cuando el país está al borde del colapso, cuando las protestas se multiplican, cuando los apagones superan las 20 horas diarias y la gente ya no tiene nada que perder?
El régimen, que nunca ha sido generoso con la libertad, que ha llenado las cárceles de jóvenes por el simple delito de pensar distinto, de repente se vuelve magnánimo. Algo huele mal.
Las razones, que el gobierno no va a confesar en su nota oficial, pueden ser varias. La primera, y más evidente, es la presión de Washington. Las negociaciones con la administración Trump, reales o fingidas, han puesto sobre la mesa el tema de los presos políticos, y alguno pudiera incluirse ahí, en esa lista numerosa.
La Casa Blanca ha dejado claro que cualquier acuerdo pasa por la liberación de los encarcelados por razones políticas. El régimen, acorralado por el bloqueo petrolero, necesita oxígeno. Y qué mejor manera de ganar tiempo que soltar a unos miles de presos para aparentar buena voluntad. Pero no se engañen: estos dos mil son solo la punta del iceberg. Quedan muchos más tras las rejas.
El miedo a las prisiones
La segunda razón, más inquietante, es el miedo. El motín en la prisión de Ciego de Ávila, donde los reclusos se levantaron por hambre y malos tratos, debe haber helado la sangre de los funcionarios del MININT. Saben que las cárceles son polvorines. Saben que la desesperación de los presos puede convertirse en una rebelión que se extienda más allá de los muros.
Vaciar las prisiones de los presos políticos, esos que tienen liderazgo y conciencia, es una forma de desactivar posibles focos de insurrección. Es más fácil controlar a los delincuentes comunes que a los presos de conciencia, pero el castrismo no menciona a los detenidos por causas políticas por ninguna parte, porque, supuestamente, en Cuba no hay presos de conciencia.
La tercera razón, la más siniestra, es que el régimen necesita espacio. Necesita celdas vacías para los que vienen. Porque saben, y nosotros también, que las protestas van a estallar. El deterioro del país es tan profundo, el hambre tan extendida, los apagones tan insoportables, que es solo cuestión de tiempo que la gente vuelva a la calle.
Y cuando eso ocurra, el régimen va a reprimir. Y va a llenar de nuevo las cárceles. Pero para eso, primero tiene que vaciarlas. Es la misma lógica del que limpia el refrigerador antes de ir al supermercado: necesita espacio para la mercancía nueva. La mercancía, en este caso, son los nuevos presos políticos que vendrán. Aunque tengan expedientes abiertos como delincuentes comunes.
El discurso vacío de siempre
La nota oficial del gobierno habla de «gesto humanitario y soberano», de «práctica habitual», de «trayectoria humanitaria de la Revolución». Palabras bonitas, discurso vacío. Porque la Revolución, esa que tanto presumen, no tiene nada de humanitaria. Tiene décadas de represión, de tortura, de cárceles inhumanas, de presos olvidados en mazmorras.
El indulto no es un acto de generosidad, es un acto de cálculo. Es una maniobra para ganar tiempo, para aparentar ante la comunidad internacional, para desactivar posibles focos de rebelión interna. La prueba está en que los liberados son aquellos que «han cumplido una parte importante de su condena» o «tienen buena conducta». Es decir, los que ya no representan una amenaza. Los que ya están domeñados.
Al final, lo que el régimen está haciendo no es liberar presos políticos. Es administrar su propia supervivencia. Sabe que el cerco se estrecha, que Trump y Rubio están listos para dar el golpe, que el pueblo ya no aguanta más. Por eso suelta a unos pocos, esperando que eso calme las aguas. Pero no va a funcionar. Porque los cubanos ya no creen en los gestos.
Los cubanos ya no creen en las promesas. Ya no creen en la revolución. Sabemos que detrás de cada indulto hay gato encerrado. Sabemos que estos dos mil presos no son un regalo, son una estrategia. Y mientras ellos salen, otros entran. Y las cárceles, como el país, siguen llenas. De miseria, de hambre, de desesperanza. Pero eso, claro, no sale en la nota oficial. En la nota oficial solo sale la foto de una revolución que, por más que lo intente, ya no engaña a nadie.