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Por Yasser Sosa Tamayo
Santiago de Cuba.- Ayer me detuvo una escena que no pide likes, pero los merece todos. En la puerta de su casa, César pelaba niños. Sin clínica. Sin diplomas a la vista. Sin más lujo que unas manos firmes y una acera que conoce su nombre. Una silla cansada. Una tela a rayas. Cabellos cayendo al suelo como si la pobreza también pudiera desprenderse a tijeretazos.
César es joven. Médico recién graduado. Chamaco de barrio que no se mudó del origen aunque cambiara de bata. De lunes a viernes se viste de blanco y le pelea a la enfermedad en hospitales fríos. Los fines de semana se quita el título, se pone de pie en la calle y pela gratis a los niños del barrio, para que a los padres les pese menos el mes y a los muchachos no se les rompa la dignidad.
Porque cada corte es más que un pelado: es autoestima que vuelve, es vergüenza que se cae al suelo, es infancia que puede mirar de frente.
Mientras empareja nucas, César endereza silencios. Mientras corta pelo, cura lo que no sale en los análisis. Eso también es medicina, aunque no lo enseñen en la universidad.
Él no sabe que he escribo esto. Y quizá nunca lo sepa. Pero las buenas acciones no necesitan permiso: necesitan memoria.
Yo siento orgullo de mi amigo. Porque hay médicos que salvan vidas, y hay médicos que además salvan barrios enteros sin hacer ruido.
Y ahora dime tú: si todos hiciéramos gratis, aunque fuera un día, aquello que sabemos hacer bien…¿cuántas dignidades se salvarían?
Que esta foto quede aquí como testimonio: todavía existen hombres que curan con tijeras, que sanan sin cobrar, que hacen patria desde una acera.
Y eso —en tiempos rotos— es una forma peligrosa y hermosa de amar.