El hogar que llevamos dentro

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Por Kathy Eisenring ()

BAsilea.- Esta mañana, mientras me hacía un café en el silencio del día que empieza y miraba los objetos cotidianos y los espacios que creamos con amor, parecidos a nosotros mismos, pensaba en lo brutal y traumático que es para quien emigra tener que prescindir de un „reino» propio y de todas sus referencias. Nos toca despegarnos de ese lugar donde nos vieron crecer, donde tuvimos nuestros primeros amigos, nuestra casa, hablábamos nuestro idioma y que estaba con nosotros desde siempre, lo debido, nuestro reino…

El problema —decía— es que al salir, naturalmente, buscamos fundar un nuevo „reino», pero con innumerables impedimentos, todo muy lejos de ser natural.

No podemos vivir sin un espacio domesticado, favorable, que tenga el cimiento necesario para construir desde ahí rutinas, amistades, amores. Pero pasan años en ese proceso de adiestramiento. Todo se nos resiste y la añoranza por el reino perdido mina a veces cada día; nos resistimos, negamos incluso la realidad hasta que, años, dolor y mucha energía de por medio, hacen que volvamos a vivir con un referente fuerte, un hogar, calidez y satisfacción.

Hay también un momento para escoger y dejar de vivir con un pie en cada puerto. Y eso es sano, muy sano.

No se trata de olvidar; se trata de vivir con menos peso y, sobre todo, de aceptar que el hogar es algo que podemos crear perfectamente donde quiera que estemos. La infancia y la patria son importantes y modelan mucho lo que somos, pero no deberían ser nuestros únicos apoyos ni nuestras únicas añoranzas. Lo dice una que, de tanto cargar, casi se hunde y dinamita todo a su alrededor.

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