Por: Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- A los comunistas hay que hablarles sin rodeos, sin retórica vacía, sin consignas gastadas. Hay que hablarles con el único lenguaje que no admite manipulación ni maquillaje: la historia. Porque la historia no es propaganda, no es promesa, no es utopía; es evidencia. Y la evidencia, cuando es abrumadora, se convierte en sentencia.
“La evidencia es la historia”. Y esa historia, cuando se examina con rigor, no deja espacio para la defensa honesta del sistema que ustedes sostienen. No hay capítulo que pueda exhibirse sin sombras, no hay experiencia que no termine en fracaso, no hay intento que no desemboque en represión, miseria o descomposición moral.
Díganme, entonces, ¿qué se puede defender de ese engendro ideológico que ha dejado tras de sí millones de muertos, economías devastadas y sociedades mutiladas? ¿Qué argumento puede sostenerse cuando el saldo es hambre, miedo y silencio? No se trata de errores circunstanciales ni de desviaciones individuales. Se trata de un patrón histórico repetido con una precisión escalofriante.
El comunismo ha demostrado ser incapaz de producir riqueza sin destruirla, de generar justicia sin imponer terror, de construir igualdad sin aplastar la libertad. Donde se ha implantado, ha necesitado del control absoluto, de la vigilancia permanente y de la eliminación del disenso para sostenerse. No ha sobrevivido por su virtud, sino por la fuerza.
Las promesas y la realidad
Se prometió el paraíso del trabajador, y se entregó el presidio del ciudadano. Se habló de dignidad humana, y se instauró la humillación cotidiana. Se proclamó la igualdad, y se crearon castas privilegiadas dentro del propio aparato del poder. La historia no recoge una sola excepción duradera a esta regla.
En nombre de una supuesta justicia social, se ha perseguido al individuo, se ha destruido la iniciativa, se ha castigado el talento y se ha premiado la obediencia ciega. El resultado ha sido una sociedad inmóvil, dependiente, resignada, donde la verdad se convierte en delito y la libertad en amenaza.
Lo que hay que aborrecer de este sistema no es solo su fracaso económico —que ya sería suficiente—, sino su profunda degradación moral. Porque el comunismo no solo empobrece los bolsillos; corrompe las conciencias. Enseña a mentir, a simular, a sobrevivir a costa de la verdad. Convierte al ciudadano en cómplice o en víctima, pero nunca en hombre libre.
Y aun así, pese a esta evidencia histórica aplastante, hay quienes insisten en justificarlo, en reinterpretarlo, en maquillarlo. A ellos va dirigido este mensaje: no se puede defender lo indefendible. No se puede rescatar lo que ha demostrado, una y otra vez, ser irreformable en su esencia.
Tomen notas, si aún queda honestidad intelectual. La historia no absuelve al comunismo; lo condena. Y lo hace con la fuerza de los hechos, no con la debilidad de los discursos.
Porque frente a la mentira ideológica, la historia se levanta como juez implacable.
Y su veredicto ya ha sido dictado.
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