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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Los rusos tienen una figura mitológica que explica media docena de invasiones fallidas: el general Invierno. Ese personaje sin rostro, hecho de nieve y hielo, fue el verdadero verdugo de Napoleón en 1812 y el sepulturero de la Wehrmacht en 1941.

Cuando los termómetros caen por debajo de los treinta bajo cero y los motores se congelan, los ejércitos invasores comprenden que no basta con tener tanques y generales; hace falta que el clima no se alíe con el enemigo. Rusia ha sobrevivido gracias a esa alianza macabra entre el frío y la desesperación.

En Cuba, la historia no es de hielo, sino de fuego. Aquí el enemigo del régimen no es el invierno, sino el verano. No el que asfixia con nieve, sino el que acecha con mosquitos. Porque cuando el calor aprieta y la humedad se vuelve irrespirable, cuando los apagones se alargan y los tanques de agua se vacían, el verdadero peligro para la población no es la represión política inmediata, sino una amenaza más silenciosa y más letal: las enfermedades tropicales que el castrismo, en su infinita desidia, ha dejado que campen a sus anchas.

Imaginen el escenario. No hay combustible, no hay transporte, no hay comida, no hay medicinas. Los hospitales, cuando abren, son cuevas sin anestesia ni algodón. Y encima, la electricidad se fue para no volver. En ese paisaje de ruina, los mosquitos encuentran el paraíso. El agua estancada en las calles, en los patios, en los cacharros que la gente acumula por falta de recogida de basura, se convierte en la guardería perfecta para el Aedes aegypti. El dengue, el Zika, el Chikungunya, esas enfermedades que en cualquier otro lugar se controlan con fumigación y prevención, aquí se vuelven epidemias anunciadas.

Ironías

La pregunta es: ¿qué prefiere un cubano, morir de hambre lento en su casa o morir de dengue rápido en una cama de hospital sin suero? Es una elección macabra, pero real. Y en esa ecuación, la rabia acumulada durante décadas puede encontrar su válvula de escape. Porque cuando la muerte está en todas partes, cuando el mosquito pica igual al militante del Partido que al disidente, cuando la desesperación alcanza el punto de no retorno, el miedo cambia de bando. Ya no es el ciudadano quien teme al régimen; es el régimen quien empieza a temer a una población que ya no tiene nada que perder.

La historia, como siempre, es caprichosa. Los alemanes y los franceses cayeron derrotados por un enemigo que no llevaba uniforme. El general Invierno no tenía tanques, solo tenía escarcha. En Cuba, el general Verano no tendrá misiles, solo tendrá mosquitos. Pero el resultado puede ser el mismo: la caída de un poder que se creía eterno, derrotado no por la fuerza de las armas, sino por la implacable alianza entre la naturaleza y la desesperación humana.

Claro que Trump puede acelerar el proceso. Una acción quirúrgica, un golpe bien dado, y el castrismo se desmorona antes de que los mosquitos terminen su trabajo. Pero si Washington se entretiene, si la diplomacia se enreda en vericuetos, si la presión no es lo suficientemente rápida, entonces el verano se encargará de hacer justicia. Y cuando eso ocurra, los historiadores del futuro escribirán que el régimen que sobrevivió a la Guerra Fría, al Período Especial y a la caída de sus aliados, terminó derrotado por un insecto. Ironías de la historia. Ironías del trópico.

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