Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Yeison Derulo
Matanzas.- La nota difundida por la Embajada de Rusia en La Habana sobre la llegada de un cargamento humanitario a Matanzas tiene todos los ingredientes del guion ya conocido: agradecimientos protocolares, apelaciones a la “amistad histórica” y una puesta en escena cuidadosamente diseñada para maquillar una realidad que, a estas alturas, no admite maquillaje alguno.
Es cierto, Matanzas recibió alimentos infantiles y medicamentos procedentes de San Petersburgo. Nadie en su sano juicio puede estar en contra de que entren medicinas a un territorio donde conseguir una aspirina es casi un acto de fe. El problema no está en el cargamento, sino en todo lo que lo rodea. En el contexto en que vive Cuba, que un país extranjero tenga que enviar alimentos para niños dice más del fracaso del Estado cubano que de la supuesta solidaridad internacional.
La foto del cónsul Maxim Burov entregando personalmente la ayuda a la gobernadora Marieta Poey funciona como símbolo: funcionarios bien vestidos, discursos correctos y sonrisas ensayadas, mientras el ciudadano común sigue haciendo malabares para alimentar a sus hijos. La ayuda se agradece, claro que sí, pero también debería avergonzar. Un país que se dice soberano, potencia médica y ejemplo de resistencia no debería depender de cargamentos humanitarios para cubrir necesidades básicas de su población infantil.
La Embajada rusa habla de “continuación de los antiguos lazos de amistad” basados en el respeto mutuo. Sin embargo, en la Cuba real, ese respeto no se traduce en bienestar, ni en estabilidad, ni en soluciones estructurales. Se traduce en donaciones puntuales, en ambulancias regaladas, en promesas que alivian titulares pero no cambian la vida diaria. Hoy es San Petersburgo; ayer fue Venezuela; mañana será China o cualquier otro aliado dispuesto a estirar la mano mientras La Habana extiende la suya para pedir.
La visita de Alexander Beglov en noviembre de 2025 y su anuncio de ayuda humanitaria encajan perfectamente en esta lógica del parche. Se anuncian asistencias, se firman acuerdos, se habla de cooperación estratégica, pero meses después el cubano sigue sin medicamentos, sin transporte, sin electricidad estable y sin expectativas. La solidaridad externa termina siendo un paliativo que el régimen exhibe como logro político, cuando en realidad es la confirmación de su incapacidad para gobernar.
Hay algo profundamente cínico en agradecer públicamente estos gestos mientras se ignora la raíz del problema. Cuba no necesita cargamentos ocasionales; necesita un sistema que funcione, una economía que produzca y un gobierno que rinda cuentas. Cada caja de alimentos infantiles que llega desde Rusia es, en el fondo, una prueba más de que el modelo fracasó y de que el discurso oficial ya no alcanza para llenar estómagos ni botiquines.
Matanzas recibió ayuda, sí. Los niños, ojalá, se beneficien de ella. Pero mañana, cuando se acaben esos medicamentos y esos alimentos, la pregunta seguirá siendo la misma: ¿hasta cuándo un país entero tendrá que vivir de la caridad internacional mientras sus dirigentes hablan de dignidad, soberanía y amistad eterna? Esa es la verdadera noticia que la nota oficial prefiere no contar.