Por Yeison Derulo
Holguín.- El pasado 9 de enero de 2026, la Capitanía del Puerto de Moa informó el hallazgo de una embarcación tipo Kayak biplaza en la entrada del propio puerto, en la provincia de Holguín. El comunicado oficial, redactado con el acostumbrado tono burocrático del Estado cubano, se limita a describir las características del objeto: casco plástico, color azul, poco más de cuatro metros de eslora y un nombre visible en la banda de babor: TRIBE. Un documento frío, técnico, que habla de un objeto perdido en el mar, como si se tratara de cualquier incidente marítimo sin mayor trascendencia.
Pero en Cuba, cuando aparece una embarcación a la deriva, la historia rara vez termina en un simple registro administrativo. En una isla donde miles de personas han intentado escapar por mar durante décadas, cada bote abandonado tiene el peso simbólico de una pregunta incómoda: ¿de quién era y qué ocurrió con quienes lo usaban?
El régimen, por supuesto, prefiere limitarse a los detalles técnicos y a citar el Decreto No. 317 de la Ley de Navegación Marítima. Todo muy ordenado en el papel, mientras la realidad del país sigue empujando a sus ciudadanos hacia el agua.
El aviso también establece que cualquier persona con derechos sobre la embarcación debe presentarse en un plazo de treinta días en la Capitanía del Puerto de Moa con la documentación que acredite su propiedad. Una formalidad legal que suena casi irónica en un país donde muchas de las salidas por mar ocurren precisamente porque la gente ha perdido la fe en cualquier mecanismo institucional.
Difícil imaginar que alguien aparezca tranquilamente con papeles en la mano para reclamar un Kayak que, probablemente, fue parte de un intento desesperado por abandonar la isla.
El régimen cubano lleva años intentando presentar estos episodios como simples incidentes marítimos, cuando en realidad son síntomas de un problema mucho más profundo. Un Kayak vacío no es solo un objeto encontrado en la costa; es el reflejo de una nación que se ha convertido en una gigantesca sala de espera para emigrar.
Cuando un país obliga a su gente a pensar en el mar como única salida, el problema ya no está en la embarcación perdida, sino en el sistema que empuja a las personas a subirse a ella.
Al final, ese pequeño Kayak azul encontrado en Moa puede terminar oxidándose en algún depósito estatal o perdido entre trámites burocráticos. Lo que no desaparecerá tan fácilmente es la razón por la que tantos cubanos siguen mirando al mar como única esperanza.
Mientras la dictadura continúe negando esa realidad, seguirán apareciendo embarcaciones abandonadas en las costas de la isla, recordándole al poder algo que intenta esconder: que el verdadero naufragio no está en el agua, sino en el país que obliga a su gente a huir.
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