Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Comparte esta noticia

Por Hermes Entenza ()

Nuremberg.- Pancho es un hombre sombrío, incluso con los suyos. Durante años ha sometido a sus hijastros a un régimen de privaciones y castigos; cuando la furia lo domina, los encierra semanas enteras en feas y sucias habitaciones.

El barrio conoce su crueldad y, por eso, pocos se atreven a cruzar palabra con él.

Frente a su casa en ruinas vive Ramón, un hombre cuyo poder y riqueza solo alimentan el odio histórico de Pancho. Ese rencor estalla en azotes cada vez que Pancho sorprende a los muchachos intercambiando saludos con su enemigo. La comunidad, alarmada por el abandono de los menores, ha intentado razonar con él, pero Pancho se obsesiona en su violencia.

La tensión escaló hasta que el propio Ramón lanzó un ultimátum: o cesaba el maltrato, o se enfrentaría a su fuerza y recursos. Un día, presintiendo el peligro, Pancho tomó una decisión inaudita:

Mientras sus hijastros lo observaban famélicos y atados a las sillas del comedor, él se vistió con elegancia, cruzó la calle y abordó a Ramón: Vamos a arreglar esto, hablemos.

El silencio que siguió fue brutal; los muchachos no podían creer que su padrastro buscara con un extraño la lógica que jamás les concedió a ellos.

Deja un comentario