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Hablemos claro: ¿Anexión sí o no?

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Hablar de anexión no es una herejía política ni una traición nacional. Es, por el contrario, una consecuencia lógica de una tragedia histórica prolongada. Cuando un país ha sido llevado durante más de seis décadas a la ruina material, a la devastación moral y a la anulación del ciudadano, todas las salidas legítimas deben poder discutirse sin miedo. Ese es, precisamente, el valor supremo de la democracia: permitir que los pueblos piensen en voz alta su futuro.

El comunismo cubano no solo destruyó la economía; fracturó el alma nacional. No creó al “hombre nuevo”, sino al hombre dependiente, humillado y expulsado. El resultado es irrefutable: millones de cubanos viven fuera del país, y los que permanecen sobreviven gracias a los dólares que llegan, en su inmensa mayoría, desde Estados Unidos. No es ideología lo que empuja al cubano a mirar al norte; es hambre, desesperación y ausencia de horizonte.

Aquí surge una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿Estados Unidos estaría interesado en anexar un territorio devastado, sin instituciones funcionales, sin infraestructura moderna y con una población exhausta? La respuesta honesta es que la anexión no es una solución mágica ni inmediata, ni siquiera necesariamente deseada por Washington. Cuba hoy no es un Estado fallido: es algo peor, un país deshecho.

El debate no es la anexión

En lo personal —y dejando constancia del notable desarrollo alcanzado por Cuba durante la República antes de 1959— sostengo que la independencia plena sigue siendo la opción preferible, siempre que vaya acompañada de la salida definitiva del régimen, la reconstrucción institucional y una alianza estratégica, abierta y profunda con los Estados Unidos, nuestro socio histórico natural. El cubano ya demostró, antes del desastre revolucionario, que es capaz de crear prosperidad, cultura y modernidad.

Ahora bien, no demonizo la anexión. Mirar a Puerto Rico obliga a desmontar muchos mitos. Sus ciudadanos conservan su idioma, su identidad cultural y su sentido de pertenencia, mientras disfrutan de derechos civiles plenos, estabilidad económica, ayuda federal y uno de los pasaportes más poderosos del mundo. No viven peor por no ser independientes; viven mejor porque son libres.

Por eso, el núcleo del debate no es anexión versus independencia. El verdadero eje es dignidad versus miseria, libertad versus esclavitud.

Independencia o anexión… da igual

La dignidad no es una consigna épica ni una resistencia vacía. La dignidad es tener comida, agua potable, electricidad, atención médica real y derechos garantizados. Todo lo demás —esa retórica de sacrificio eterno— ha sido el instrumento más eficaz de dominación. Morir de hambre en nombre de la soberanía no es patriotismo: es servidumbre.

La única salida legítima a este dilema es un plebiscito libre, transparente y vinculante, como expresión máxima de la voluntad popular. Puerto Rico ha consultado a su pueblo en múltiples ocasiones, y nadie duda del amor profundo de los boricuas por su tierra. Consultar no destruye la nación; la fortalece.

Sea independencia o sea anexión, ambas opciones conducirían a la recuperación de la dignidad y la libertad.

Lo único que ha demostrado ser incompatible con Cuba es el comunismo: porque roba el pan, mutila la verdad, degrada al ciudadano y convierte a la nación en un campo de supervivientes.

Ese es el verdadero veredicto de la historia.

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