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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Resulta indignante. Desde la comodidad europea, Gustavo López López defiende con arrogancia a la tiranía cubana. Un régimen que ha destruido generaciones, aplastado libertades y mantenido al pueblo en hambre, miedo y represión.
Su respaldo no es académico, ni inocente. Es complicidad consciente con un gobierno que encarcela, persigue y acalla a quienes sueñan con libertad. Cada elogio que pronuncia sobre Cuba es un ultraje a millones de ciudadanos cuya dignidad ha sido pisoteada.
Basta ver su perfil en Facebook: Un colaborador nato de la dictadura, desfachatado, cínico, encubriendo la tragedia de su pueblo. Incluso ha desafiado a debate a una joven yotuber cubana, con insolencia. Ella no ha respondido. Pero desde aquí le digo: Estoy listo… Réteme, y debatimos. Usted defiende el crimen y el horror; yo defiendo la justicia, el honor y la libertad. Espero por usted.
Desde 1959, Cuba ha sido un Estado de partido único. No existen elecciones libres ni competitivas. La prensa independiente es hostigada. La disidencia política se paga con prisión, amenazas y miedo constante. Organismos internacionales documentan detenciones arbitrarias, censura sistemática, torturas psicológicas y la supresión absoluta del derecho de asociación y expresión. Negar esta realidad, o celebrarla desde la distancia, es encubrir el sufrimiento de millones.
El éxodo masivo de cubanos —Camarioca, Mariel, los balseros de los años noventa y la migración reciente— es prueba irrefutable de la tragedia. Nadie huye de un paraíso. Se huye del hambre, de la miseria estructural, del miedo diario y del control absoluto sobre cada aspecto de la vida. Apoyar este sistema, como hace López López, es celebrar la opresión, el hambre y la desesperanza de todo un pueblo.
La economía centralizada ha sido un fracaso constante. La libreta de racionamiento, la dualidad monetaria, los constantes ajustes y reformas parciales son símbolos claros del desastre. Mientras millones sobreviven con lo mínimo, López López exalta a los responsables de este fracaso. Su visión no solo es ciega, sino profundamente inmoral.
Romantizar la tiranía cubana y glorificar a sus verdugos no es un debate académico. Es traición moral y ética. Defender cualquier sistema político exige evaluar resultados concretos: libertades efectivas, calidad de vida, pluralismo y respeto a los derechos fundamentales. Todo lo demás es una mentira peligrosa que perpetúa el sufrimiento y silencia la esperanza.
El papel de Gustavo López López es vergonzoso e indignante. Su defensa de la dictadura cubana desde Europa es una traición directa a millones que han sufrido y siguen sufriendo la opresión. La historia no será indulgente con quienes, desde la comodidad del exterior, celebran lo que destruye vidas, conciencias y libertad. Este es un llamado a desenmascarar sin medias tintas a quienes romantizan la tiranía y a exigir responsabilidad moral frente al dolor ajeno.