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¿Fue el Che inconmovible hasta la muerte, o titubeó?

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- La muerte es el territorio donde el mito se resquebraja y el hombre comparece desnudo ante la historia. En el caso de Ernesto Che Guevara, la polémica gira en torno a sus últimas palabras atribuidas: «No me maten, valgo más vivo que muerto». Más allá de la precisión testimonial, el debate no es anecdótico; es moral, psicológico e histórico. ¿Fue inconmovible hasta el final o hubo un instante de vacilación?

La iconografía consolidada por la célebre fotografía de Alberto Korda lo fijó para siempre en una expresión de firmeza romántica. El Che convertido en símbolo: mirada alta, gesto severo, voluntad de acero. Sin embargo, el símbolo es una construcción; el hombre real estaba herido, derrotado estratégicamente, aislado en la selva boliviana y consciente del colapso de su empresa guerrillera. En ese escenario límite, la psicología humana no opera en clave épica, sino biológica.

Si la frase es auténtica, puede leerse como instinto de conservación o como cálculo político. “Valgo más vivo que muerto” es una apelación racional: quien la pronuncia sabe que representa algo más que su propio cuerpo. No suena a arrebato ideológico; suena a argumento. Y el argumento, en el umbral de la muerte, es una forma de lucha final.

Pero aquí emerge un ángulo más áspero, que la historiografía no puede eludir. El Che juzgó y ordenó ejecuciones sin titubear durante los primeros años del proceso revolucionario en Cuba. En la fortaleza de La Cabaña, la severidad fue ley. Ante esa realidad documentada, surge una pregunta incómoda: ¿puede atribuirse a quien aplicó la pena de muerte sin vacilación el derecho moral a la duda cuando su propia vida estaba en juego? Creo que no.

Entre el hombre y el mito

No porque se le niegue su condición humana —nadie está despojado del miedo—, sino porque la coherencia ética exige simetría. Quien sostuvo la violencia como instrumento legítimo de purificación política, difícilmente puede reclamar para sí un margen de compasión que no concedió a otros. Esa es la tensión profunda entre el revolucionario y el hombre ante la muerte.

Sin embargo, el análisis equilibrado obliga a distinguir entre plano moral y plano psicológico. El miedo no es privilegio ni delito; es universal. La duda, en el instante final, no convierte en traidor al convencido ni redime al ejecutor. Lo que sí hace es desmontar el bronce. El Che, si dudó, dejó de ser estatua y volvió a ser carne. [!!] Esto es la más pura verdad.

Tal vez el verdadero debate no sea si titubeó, sino qué hacemos nosotros con ese posible titubeo. ¿Lo utilizamos para destruir el mito o para comprender mejor la complejidad del personaje? La historia seria no absuelve ni condena con consignas; Examina. Y al examinar descubre que entre la consigna revolucionaria y el susurro ante la muerte hay un abismo profundamente humano.

En ese abismo no hay propaganda, solo verdad histórica: El hombre que juzgó sin vacilar pudo, llegado su turno, sentir la sombra de la duda. Y es precisamente ahí —en la grieta entre convicción y supervivencia— donde el historiador debe situar su mirada, sin odio, pero sin ingenuidad. ¡Nuestra historia si reconoce a hombre enteros que gritaron —¡Aquí disparen aquí, al pecho! ¡¡Esos no necesitaron eco, eso si fueron hombres!!, no mitos.

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