Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Fin de la complicidad y amanecer de la libertad

Comparte esta noticia

Por Jorge L. León

Houston.- La caída de Nicolás Maduro no es un hecho aislado ni un episodio más en la larga tragedia latinoamericana. Es, en términos históricos y políticos, una bofetada directa al núcleo de poder que ha sostenido y exportado la miseria ideológica del socialismo del siglo XXI. Ese núcleo tiene nombre y sede: La Habana.

Cuba ha sido —y lo ha sido durante décadas— la cabeza de la serpiente. Desde allí se diseñaron estrategias, se adoctrinaron cuadros, se exportó represión y se vendió una narrativa falsa de justicia social que solo produjo hambre, exilio y muerte. Por ello, la caída del peón mayor del tablero venezolano repercute con violencia en la cúpula castrista.

Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel lo saben. El nerviosismo es evidente. El sostén político, económico y simbólico que Venezuela representaba se ha desplomado, y con él se derrumba una ideología infecunda que nunca fue capaz de crear prosperidad ni dignidad.

El llamado “socialismo del siglo XXI” ha sido borrado por la realidad. No por discursos, no por propaganda enemiga, sino por su incapacidad estructural para sostener la vida. Cuba, hoy, no tiene salida dentro de ese modelo, y quienes gobiernan la isla son plenamente conscientes de ello.

Lo que presenciamos es la descomposición acelerada de un régimen podrido, un sistema que no solo fracasó, sino que corrompió moralmente a una parte de la sociedad. Y duele decirlo, pero es necesario: hay cubanos que, convocados por la dictadura, aún salen a desfilar.

¿A defender qué?

¿Más ultraje?

¿Más odio?

¿Más miseria?

¿Más muertos?

A esos cubanos que persisten en la complicidad activa les digo con claridad histórica y moral: hay límites, y ustedes los han roto todos. Han quebrado la ética, han traicionado la dignidad y han contribuido a mostrar ante el mundo una imagen grotesca del cubano, servil ante el poder, temeroso de la libertad, egoísta frente al sufrimiento colectivo.

La historia no absuelve la cobardía organizada.

La historia no perdona la traición sostenida.

Mañana —porque ese mañana llegará— cuando el quiebre sea irreversible y Cuba se abra, por fin, a la verdadera libertad y a la democracia, ustedes intentarán reciclarse. Gritarán “libertad” con la misma facilidad con la que hoy gritan “yo soy Fidel”. Vociferarán “abajo el comunismo” con el oportunismo miserable que siempre acompaña a los derrotados morales.

Pero la marca quedará.

La impronta de haber sido cómplices de la humillación no se borra con consignas tardías.

El destino está escrito, no por profecía, sino por ley histórica: los regímenes que destruyen al ser humano terminan cayendo. La humillación pasará. Cuba volverá a pensar, a hablar y a disentir sin miedo.

Pero quienes eligieron la traición deberán convivir con su propio espejo.

Y ese espejo no miente.

Deja un comentario