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Por Yin Pedraza Ginori ()
Madrid.- En 1978/79 Loly Buján y yo éramos los creadores, guionistas y directores de un programa de testimonios titulado “Yo también soy joven”, que salía al aire los martes a las 9 de la noche por el Canal 6 de TV Cubana, presentado por Consuelito Vidal y Cepero Brito. Allí, personas mayores de 60 que seguían en activo, contaban sus batallitas de juventud y servían de ejemplo a la filosofía del espacio, resumida en la frase “joven ha de ser quien lo quiera ser”.
Loly y yo, que conocíamos al dedillo las normas de la censura, no tuvimos mayores problemas con ella en YTSJ. Hasta que le tocó salir al aire a la entrevista que le hicimos al periodista Guido García Inclán, una figura atípica, con voz propia.

Guido contaba con un extenso historial de luchador polìtico y revolucionario. Pienso que por sus buenos contactos con las alturas del régimen castrista le permitían hablar libremente por la COCO, El Periódico del Aire, la emisora que él dirigía. Daba noticias que no salían en la prensa, recogía denuncias de cosas mal hechas, disparaba unos vibrantes editoriales que hacían temblar a las piedras. Era un fogoso independiente, un verso suelto en el cerrado mundo de los supercontrolados medios de comunicación de la época.
García Inclán era un personaje en toda la extensión del término. Alardeaba de ser amigo íntimo y consejero de Fidel Castro. La entrevista que le hicimos para preparar el cuestionario del programa, fue interrumpida por una llamada que recibió. “Lo siento, no podemos seguir. Tengo que irme al teatro Carlos Marx porque el Comandante en Jefe quiere verme”, nos dijo.
En aquel primer contacto y días después, durante la grabación, él nos contó cosas impublicables. Nos relató que ante una situación de peligro en que iba a ser objeto de un atentado, Fidel, que por entonces era su guardaespaldas, en lugar de protegerle, salió huyendo por una ventana.
Loly y yo nos miramos, con la sorpresa reflejada en el rostro. ¿El Caballo cuidándole las espaldas a alguien y acojonándose a la hora buena? Aquella anécdota era un cañonazo a la línea de flotación de la leyenda construida alrededor de la figura del máximo líder.

Guido también nos aseguró que Castro y el dictador Batista habían intercambiado mensajes durante el tiempo en que los rebeldes del 26 de Julio andaban alzados en la Sierra Maestra. Nos dijo que él había sido la persona encargada de las comunicaciones secretas entre ambos. Hey, hey, para ahí. ¿Contactos ocultos entre El Fifo y el tirano? Uy, eso si eran palabras mayores, eso no aparecía en la historia oficial.
Lo jodido era que nosotros no sabíamos ni teníamos manera de comprobar qué cantidad de verdad había en lo que el periodista afirmaba. Y una cosa era que Guido descargara por una pequeña emisora local, donde el responsable era él, y otra bien distinta era que lo hiciera en horario prime time de la televisión nacional, en un programa de máxima teleaudiencia, causándonos un problema gordo a Loly a mí.
Para curarnos en salud, tuvimos que hacer malabares a la hora de editar sus respuestas e historias. Cortando por aquí y por allá las dos horas que grabamos, logramos completar los 28 minutos del programa con materiales que calculamos podrían pasar la censura.
Yo me sentí mal con Guido por haberle mutilado su testimonio y quedé muy disgustado con el resultado final. Al punto de que intenté que su YTSJ no saliera al aire. Pero él me estuvo llamando varias veces para averiguar la fecha de la transmisión. Presionado por su interés y por la dificultad de hallar una buena excusa para justificar la no emisión, decidí entregar la cinta a los censores para que le dieran el visto bueno. Como transcurrieron unos días y nadie me comentó algo en contra, la di por buena y la programé para el 18 de julio.
Ese martes, en la cartelera de TV del diario Granma apareció “9 p.m. Yo también soy joven”, invitado: Guido García Inclán.” En la mañana, alguien en los altos niveles del ICRT vio el anuncio y, acojonado por lo que el verso suelto director de la COCO podía decir, ordenó que revisaran el video. Al mediodía me localizaron, ordenándome que hiciera una nueva edición eliminando esto, esto otro y aquello de más allá.
A pesar de que del Guido político quedaba poco en el primer montaje, tuve que cortarlo aún más. Faltando pocas horas para la emisión, ya no había tiempo de buscar en el metraje original otros fragmentos que sustituyeran a los censurados, incorporarlos y pasar por una nueva revisión. Así que se imponía la tijera pura y dura, sin contemplaciones. El programa, trucidado y dando unos saltos extraños en su contenido, se quedó apenas en 20 minutos.
Decidí que si Guido, ante tal desaguisado, llamaba para preguntar por qué le habían eliminado tantas cosas, yo no le cogería el teléfono. No podía decirle la verdad, provocando con ello un lío de consecuencias imprevisibles con un tipo que podía quejarse ante su amigo Fidel.
Afortunadamente para nosotros, él no llamó. Su inteligencia de tipo listo y su experiencia de veterano de mil batallas deben haberle hecho comprender qué había pasado.