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Fallece Ever Fonseca, Pintor de la Raíz Cubana y Maestro de Generaciones

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La luz se apaga en el lienzo de Cuba. Ever Fonseca Cerviño, cuyo nombre resuena con la fuerza telúrica de Manzanillo, su cuna, ha emprendido el último viaje a los 87 años. En La Habana, ciudad que abrazó su genio y atesoró su legado, se cierra un capítulo fundamental de la plástica contemporánea. Fonseca no fue solo un artista; fue un cronista del alma isleña, un pedagogo de la mirada y un digno portador del Premio Nacional de Artes Plásticas, galardón que en 2012 reconoció la profundidad de su trazo y la nobleza de su espíritu.

Desde la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, su alma de artista germinó, para luego sembrar conocimiento como fundador de la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Durante más de dos décadas, sus enseñanzas fluyeron como ríos de sabiduría, nutriendo a incontables discípulos en los tres niveles de las artes plásticas. Fue un faro, un guía en el laberinto de la creación, formando no solo pintores, sino almas sensibles a la verdad y la belleza.

En la década de 1960, su audacia lo llevó a ser el primer pintor de su generación en exponer individualmente en el Museo Nacional de Bellas Artes, con una muestra titulada ‘Óleos de Ever Fonseca’. Aquella fue la primera piedra de un edificio monumental de reconocimiento, pues su obra no solo habitó ese templo del arte cubano, sino que se expandió como semilla fértil por museos y colecciones de todo el orbe. Nueva York, Vilnius, Puerto Rico… sus creaciones dialogaron con el mundo, llevando el pulso de Cuba a rincones insospechados.

La pintura, la escultura, la cerámica: Fonseca dominó las formas con la maestría de un artesano ancestral y la visión de un moderno. El óleo y la serigrafía se convirtieron en sus lenguajes para desgranar la esencia de la Isla. Sus series, como ‘Cuentos de monte y río’, ‘Los protectores’ y ‘Visiones del Caribe’, son ecos de la tierra, cantos a la tradición, espejos donde se refleja la identidad profunda de un pueblo. En cada pincelada, en cada volumen, se sentía el susurro del paisaje rural, la fuerza de las raíces que anclan al ser humano a su historia.

Múltiples honores adornaron su camino: la Distinción por la Cultura Nacional, la Medalla Alejo Carpentier, la Medalla Raúl Gómez García. Pero el mayor reconocimiento, sin duda, fue el amor y el respeto de quienes vieron en su obra un reflejo de sí mismos, una afirmación de su propia existencia. El Consejo Nacional de Artes Plásticas y el Ministerio de Cultura, con sentida pena, han anunciado su partida. Su cuerpo, según su voluntad, será cremado, y sus cenizas reposarán en la Necrópolis de Colón, un lugar de memoria y eternidad, en el Panteón del Ministerio de Cultura.

Ever Fonseca nos deja un legado de luz y verdad. Su obra es un testimonio imperecedero de la resistencia del espíritu creador, una invitación a mirar el mundo con ojos de artista, a encontrar la belleza en lo cotidiano y la trascendencia en lo humilde. Que su memoria sea un faro que ilumine las sendas de las nuevas generaciones, recordándonos que el arte, como la vida misma, es un acto de fe y de amor profundo por la patria y por la humanidad.

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