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Hay un duelo que no se ve, un ritual silencioso que se practica en la distancia. Los cubanos del exilio en Florida llevan décadas velando a sus muertos, a aquellos que quedaron atrás, en la isla que un día abandonaron, o que se perdieron en el intento de alcanzar la libertad. Ahora, en ese altar de la memoria, han añadido cuatro nombres más: Pavel Alling Peña, Michael Ortega Casanova, Ledián Padrón Guevara y Héctor Duani Cruz Correa. Sus nombres resuenan en la red, convertidos en “héroes”, en “patriotas”, en la encarnación de un coraje que muchos admiran, pero pocos se atreven a emular. La noticia del hundimiento de una lancha por los Guardacostas cubanos ha dejado a la comunidad en un estado de conmoción, una herida abierta en la memoria colectiva.
“Ha sido una pérdida muy triste, de jóvenes con deseos de ver la isla libre”, murmura Diasniurka Salcedo Verdecia desde su casa en Miami, la voz quebrada por la impotencia. No puede dejar de pensar en el sufrimiento de las familias, en la incertidumbre que rodea a los seis heridos que ahora están en manos de la dictadura. “Son seis que están en sus manos, y probablemente van a tomar medidas ejemplarizantes”, añade, con un escalofrío que recorre su espalda.
El Gobierno cubano, en su eterna revancha política contra sus exiliados, parece haber vuelto a matar a su propia gente. En medio de la tensión por los planes de Washington para desestabilizar el poder en la isla, la noticia del ataque a una lancha con matrícula de Florida, que se había acercado a la costa de Villa Clara, cayó como un jarro de agua fría. ¿Qué significaba un incidente así en este contexto? El Ministerio del Interior (MININT) fue desgranando la información a cuentagotas, identificando a las víctimas y calificando el suceso de “intento de infiltración con fines terroristas”.
Pero para algunos, como Niurka Préstamo, expareja de Amijail Sánchez González, uno de los señalados, la etiqueta de “terrorista” es una afrenta. “No entiendo por qué el régimen se empeña en llamarlo así y denigrarlo de todas las maneras”, defiende con vehemencia. “Es simplemente un cubano más, como todos los que luchamos por Cuba, que tiene el deseo de ver una Cuba libre, que no soporta, que le duele lo que le está causando el régimen al pueblo”. Repasa las fotos de Amijail, un hombre “de familia, de bien, hogareño, trabajador”, que se ganaba la vida podando árboles. En sus manos, una sierra; en su pecho, la dignidad de quien se niega a ser silenciado. “Terrorista es el Partido Comunista, que tiene aterrorizado al pueblo de Cuba”, sentencia, con la voz cargada de una verdad que resuena en el alma de muchos.
La bandera cubana con las siglas A.D.P (Autodefensa del Pueblo) aparece en una de las fotos de Sánchez González. Una organización que, según parece, se estaba gestando en la sombra, uniendo a exiliados y a personas dentro de la isla. Boicots, carteles antisistema, incendios… el grupo ya estaba en el radar del Gobierno de Miguel Díaz-Canel.
El rapero El Funky, uno de los autores de “Patria y Vida”, también se ha pronunciado. Conocía a algunos de los involucrados, gente común, como las que se cruzan en la Calle 8 de Miami o en una barbería de Hialeah. Trabajadores, obreros, un poeta, un fotógrafo. “Para mí realmente fue un acto de locura, ellos no estaban preparados, no sé cuál era la estrategia”, confiesa, con la sorpresa aún pintada en el rostro.
Mientras tanto, la desinformación y el debate político se entrelazan. Las familias de los fallecidos y heridos apenas saben nada. Desde Cuba, la familia de Leordan Enrique Cruz Gómez está al borde de la desesperación. La viuda de Héctor Duani Cruz Correa, en Puerto Rico, se lleva las manos a la cabeza, incrédula. El hermano de Michel Ortega Casanova siente cómo la libertad anhelada le ha cobrado un precio demasiado alto a su familia. “Esta batalla tiene que acabar”, clama.
Un mar de interrogantes rodea el incidente. Desde Cuba, algunos rechazan la llegada de los exiliados, tildados de terroristas y equipados, según la oficialidad, con un arsenal de armas. Otros cuestionan al Gobierno por calificar de “terrorismo” un acto que recuerda, para algunos, la propia llegada de Fidel Castro a la isla. “Es una gran hipocresía”, señala Miryorly García Prieto, historiadora y activista cubana, “un gobierno que llegó al poder por lucha armada como vía, ahora la deslegitime”.
Se habla de delaciones, de planes terroristas anunciados por Díaz-Canel. Se pregunta si Estados Unidos llevará a cabo una investigación independiente. La Administración Trump, en medio de una aparente negociación con La Habana, ha reaccionado con cautela. Trump, ante la insistencia de la prensa, ha insinuado una posible “toma amistosa” de la isla, dejando tras de sí un rastro de incertidumbre. ¿Qué significa realmente? ¿Qué intenciones se esconden tras esas palabras?
Lo cierto es que, mientras el ruido político se eleva, el silencio sobre la verdad se hace más denso. “Nadie ha visto ni a los vivos ni a los muertos”, asegura May Díaz, activista desde Houston. “Hay demasiado silencio en medio de tanto ruido”. La lista de víctimas, con errores detectados, alimenta la desconfianza. Hasta que los familiares no vean, hasta que no haya un contacto real, la duda persistirá. Un mar de preguntas sin respuesta, un eco de violencia que, como tantos otros, amenaza con quedar sepultado en la historia.