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Entre la patología y la impostura: Identidades extremas en la sociedad contemporánea

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- El fenómeno de personas que afirman ser animales, o adultos que declaran sentirse bebés y viven como tales, no es completamente nuevo en la historia humana. Desde la Antigüedad se registran episodios de lo que hoy la psiquiatría denomina zoantropía —entre ellos la llamada licantropía clínica—, casi siempre asociados a trastornos psicóticos severos.

Sin embargo, lo que sí parece novedoso es su visibilidad pública, su normalización mediática y, en ciertos casos, su institucionalización dentro de subculturas organizadas. La diferencia histórica no radica tanto en la existencia del trastorno, sino en el contexto social que hoy lo rodea.

Surge entonces una pregunta crucial: ¿por qué estos casos parecen concentrarse en sociedades desarrolladas y no en países pobres? La respuesta probable no es biológica, sino estructural. En entornos de precariedad extrema, donde la supervivencia diaria exige trabajo constante, resulta casi imposible sostener conductas regresivas prolongadas.

Un adulto que se autodefine como bebé —con cuna, biberón y cuidadores— depende absolutamente de una red de apoyo que disponga de tiempo, recursos y tolerancia cultural. Sin ese entorno que lo auxilie, difícilmente podría mantener esa ficción vital. La abundancia material y el Estado protector crean condiciones donde ciertas regresiones pueden prolongarse sin que la urgencia económica las desmonte. Entonces … ¿no es extrano esto…?

Sería un error la burla

El entorno, por tanto, no es accesorio: Es decisivo. Ningún individuo que afirme ser perro, lobo o infante podría sostener tal identidad sin una comunidad que lo valide, financie o al menos no lo confronte.

La pregunta sociológica es contundente: ¿se trata siempre de enfermedad mental, o en algunos casos de performance incentivada por atención, notoriedad o beneficios económicos? En la era digital, donde la visibilidad puede convertirse en ingreso, la frontera entre patología auténtica y charlatanería interesada se vuelve difusa. No todo caso es impostura; pero tampoco todo es trastorno clínico.

Sería un error reducir el fenómeno a burla o escándalo. Estamos ante una intersección compleja entre psicología individual, cultura contemporánea, estructuras de bienestar y, en ciertos casos, oportunismo.

La historia demuestra que las anomalías humanas han existido siempre. Lo que cambia es la capacidad de la sociedad para sostenerlas, amplificarlas o convertirlas en espectáculo. Analizar este fenómeno exige rigor, prudencia y una mirada desapasionada que distinga entre sufrimiento real y simulación interesada. Solo así se puede abordar el asunto con la seriedad que merece.

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