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Tamerlán se autoproclamó el Azote de Dios y se convirtió en uno de los conquistadores más temidos de la historia. Como resultado, dejó un rastro de cenizas y cráneos desde Delhi hasta Moscú.
Aunque nació como un noble menor en Asia Central durante el siglo XIV, su ambición lo llevó a intentar reconstruir el imperio de Genghis Khan. Lo hizo mediante una brutalidad que rozaba lo cinematográfico.
Se dice que tras sus conquistas, ordenaba construir pirámides con las cabezas de sus enemigos vencidos. Así, enviaba una advertencia silenciosa para cualquiera que osara resistirse a su avance.
A pesar de su fama de guerrero despiadado, Tamerlán fue un gran mecenas del arte y la arquitectura en su capital, Samarcanda. Así, demostraba una dualidad fascinante entre la destrucción total y el refinamiento cultural.
Sus campañas militares redefinieron las fronteras de Asia Central y el Medio Oriente. Incluso, humilló al poderoso Imperio Otomano en la batalla de Ankara en 1402.
Sin embargo, su muerte en 1405 mientras marchaba hacia China detuvo en seco la expansión de un imperio. Dicho imperio dependía exclusivamente de su voluntad de hierro.
¿Es posible admirar el arte de un conquistador que sembró tanto terror a su paso? La figura de Tamerlán nos obliga a cuestionar los límites de la ambición humana y el precio de la gloria eterna. (Tomado de Historia Antigua)