Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Comparte esta noticia

Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- El comentario de Robert Martin adjunto a este texto, parte de una intuición honesta: el miedo a que, aun después de un cambio, Cuba vuelva a caer en el mismo ciclo de corrupción, caudillismo y manipulación. Esa desconfianza en nuestras propias élites no es gratuita; nace de una experiencia histórica dolorosa. Por eso el autor ve en la anexión una especie de “atajo institucional”; no una rendición, sino la búsqueda desesperada de reglas estables que nos protejan de nosotros mismos.

Pero hay una verdad incómoda que suele ignorarse en ese razonamiento: Estados Unidos no ganaría nada esencial asumiendo la tutela de un país devastado. Cuba, en su estado actual, no sería un botín, sino una carga enorme en términos económicos, sociales y políticos. Infraestructura colapsada, población envejecida, sistema productivo inexistente, dependencia crónica… No es un premio, es un problema.

El drama cubano no es que nos falte un amo mejor, sino que aún no hemos aprendido a no necesitar amos.

El hábito histórico

Ahora bien, aquí entra con fuerza una corta pero contundente reflexión de mi amigo Jr., que va más allá de la coyuntura política. Él apunta a un patrón cultural profundo, repetido en nuestra historia: una conducta colectiva marcada por la adaptación servil al poder de turno. Lo que llama “tradición perruna” no es un insulto gratuito, sino una metáfora dura sobre la docilidad cívica, sobre la facilidad con que amplios sectores pasan del aplauso al silencio, del entusiasmo al olvido, sin una columna moral estable. (sin ir muy lejos, revisar los últimos acontecimientos de apenas unos días)

Jr. acompaña su idea con dos imágenes: una del acto multitudinario de desagravio organizado por Marta Fernández Batista tras el asalto al Palacio Presidencial en 1957; otra, un mitin de repudio durante el éxodo del Mariel en 1980. No representan ideologías opuestas, sino el mismo gesto repetido: la masa convocada, obediente, gritando consignas ajenas. El mismo sujeto social que ayer lloraba por el régimen que caía, mañana bailaba por el que subía, y pasado mañana huía cuando ese nuevo poder lo traicionaba.

Cuando Jr. afirma que “la Revolución encontró a un cubano acéfalo”, señala algo esencial: el castrismo no creó de la nada esa fragilidad cívica; la encontró ya incubada. La explotó, la perfeccionó, la institucionalizó. De ahí la doble moral, el teatro permanente, la capacidad de decir una cosa en público y pensar otra en privado. No es solo miedo: es hábito histórico.

Deja un comentario