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Entre el agradecimiento y el rechazo: una postura incómoda

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Por Eduardo Díaz Delgado ()

Madrid.- Grandes declaraciones en los Grammys. Del otro lado de la moneda están pasando cosas feas. Cosas que no deberían ser. Para nosotros es un gran momento y para muchos otros, una época oscura.

Sirva esto como recordatorio de que no existen superhéroes ni supervillanos. Yo apoyo lo que está haciendo la administración actual frente a la dictadura venezolana y la presión ejercida sobre la cubana, que la está empujando hacia un cambio. Se habla de un anuncio próximo de liberación de presos políticos en Cuba, de negociaciones, y también de concesiones de nuestras libertades como ofrenda para rebajar la presión. Eso, nos guste o no, nos toca agradecerlo. Sobre todo porque hemos estado solos, y con potencias apoyando nuestras carencias de libertades. Nuestra incapacidad para arrebatarlas —sea por las circunstancias o por nuestra degradación social— nos lleva a agradecer estas políticas. Pero eso no puede llevarnos a idolatrar ni a pensar que no hay nada mal.

Estoy a favor del orden en la emigración. Entiendo que las sociedades más desarrolladas se construyen a base de impuestos y de mucho trabajo. No creo en las estupideces de la explotación colonial ni en los fatalismos geográficos. Han pasado demasiados años haciendo las cosas mal como para seguir culpando a Hernán Cortés o a Cristóbal Colón.

Entiendo que refugiarse en una sociedad más desarrollada —y, por ende, más cara de mantener— debería estar condicionado al deseo de integración, a las ganas de trabajar y a la promesa de no delinquir. Creo que en esto podría coincidir tanto el más trumpista como el más anti-Trumpista, aunque no estoy del todo seguro. Las naciones, como las casas, hay que cuidarlas, respetarlas y aportar a su desarrollo y armonía. Así es como se han construido.

Hay cosas desproporcionadas

Dicho esto, veo desproporcionado y criminal hasta dónde han llegado los eventos de ICE. No es algo que me afecte directamente, pero tengo ojos en la cara y no estoy de acuerdo con cómo ha evolucionado una política que parece ir sin rumbo. Da la impresión de que se le ha encargado a alguien movido por pasiones bajas y muy oscuras.

Quisiera no tener que cargar con la culpa de apoyar a políticos capaces de actuar de esa forma. Pero aun así, siendo egoísta, me toca pensar en los míos, que llevan solos —que llevamos solos— más de 65 años.

Si tengo dos deseos para la realidad política de este año, uno es ver a la dictadura cubana caer y quebrarse en mil pedazos, con la debida justicia detrás. El otro es que este trato a los emigrantes no se complique más, que los emigrantes sean tratados como personas y no como aliens; que se pueda organizar con justicia, con sensatez y con el deseo real de hacer ese país grande para todos.

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