Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Alexis Ardines Bonachea ()
MIami.- Hay discursos que no buscan explicar la realidad, sino blindar al poder. El relato de Cuba como víctima absoluta funciona exactamente así: desplaza toda responsabilidad hacia afuera y convierte al gobierno en un actor sin agencia, casi inocente. Es una operación política, no un análisis.
Ningún país permanece empobrecido, vigilado y silenciado durante más de sesenta años solo por presión externa. Eso ocurre cuando el poder se eterniza, se cierra sobre sí mismo y convierte el control en sistema. El bloqueo puede agravar una crisis; no explica una dictadura.
Se invoca al “pueblo” como escudo moral, pero se le niega lo esencial: decidir. Un pueblo al que no se le permite elegir gobernantes, organizarse libremente ni protestar sin miedo no es protagonista, es rehén. Llamar a eso resistencia es una forma elegante de justificar la opresión.
La confusión deliberada entre gobierno y nación es clave. Criticar al régimen se presenta como traición al país. Es falso. Traición es encarcelar por opinar, desterrar por disentir y exigir sacrificios infinitos en nombre de una revolución que nunca rinde cuentas. El poder no protege al pueblo; se protege del pueblo.
Resulta obsceno denunciar el autoritarismo externo mientras se normaliza el interno. Condenar sanciones y callar ante la censura, la represión y el exilio no es coherencia moral: es hipocresía política. El autoritarismo no deja de serlo porque use un lenguaje “antiimperialista”.
Defender a Cuba no es repetir épicas gastadas ni cuentos morales de buenos y malos. Es asumir una verdad incómoda: el principal obstáculo para el futuro de los cubanos no es solo la presión extranjera, sino un poder que se niega a soltar el control.
Todo discurso que convierta al sufrimiento en justificación y al silencio en virtud no está del lado del pueblo. Está del lado del poder. Y eso, por más retórica que lo envuelva, no es resistencia. Es propaganda.