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La Habana.- Gerardo Hernández Nordelo se pasó todo diciembre jugando con el “tic tac”, como si fuera un gurú del tiempo revolucionario o un influencer barato anunciando el fin de algo que, según ellos, nunca se acaba. Cada post, cada guiño, cada frase grandilocuente venía cargada de esa soberbia típica del que se siente blindado por un sistema que cree eterno. El problema para Gerardo es que los relojes no entienden de consignas, y cuando marcan la hora final, no hay espionaje, ni CDR, ni Seguridad del Estado que los pueda atrasar.
Ahora el hombre anda nervioso, y no es para menos. A Maduro se le acabó el tiempo y cayó el primero de la fila, ese aliado que durante años sostuvo a la dictadura cubana con petróleo, favores y silencio. El tic tac dejó de ser consigna y se convirtió en amenaza real. Cuando el chavismo se desploma, en La Habana no se brinda; se suda frío. Porque Cuba no sobrevive sin Venezuela, y eso lo sabe hasta el más bruto del Comité.
Gerardo, que siempre habló desde la chulería del vencedor, hoy escribe desde el miedo del que intuye que el turno se acerca. Ya no es ironía, ni sarcasmo revolucionario, es pánico mal disimulado. Se le acabó el jueguito del reloj simbólico, porque esta vez el conteo regresivo no lo controla él ni su maquinaria propagandística. Cuando el dominó empieza a caer, no hay ficha que se quede de pie por voluntad propia.
La revolución cubana no se acabará con un anuncio oficial ni con una Mesa Redonda lacrimógena. Se acabará como se acabaron todas las farsas de Maduro: por desgaste, por hambre, por traición interna y por miedo. Gerardo lo sabe. Por eso el tic tac ya no suena a burla, sino a sentencia. Y cuando el reloj termine de marcar la hora, no habrá consigna que tape el estruendo de la caída.