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Por Datos Históricos
La Habana.- 28 de abril de 1988. Vuelo 243 de Aloha Airlines. Un Boeing 737 volaba entre las islas hawaianas cuando ocurrió lo impensable. Sin previo aviso, una gran parte del techo fue arrancada.
La cabina se abrió al cielo. El aire salió con fuerza. La presión cayó en segundos. Los pasajeros quedaron expuestos a vientos gélidos y aire enrarecido.
Fue una lucha por la supervivencia, pero la tripulación permaneció tranquila.
Los pilotos controlaron el avión averiado e iniciaron un descenso de emergencia. Los auxiliares de vuelo ayudaban a los pasajeros entre la turbulencia violenta y la falta de techo. Gran parte de la estructura había desaparecido.
Aún así, permaneció en el aire. Contra todo pronóstico, maniobraron el avión destrozado hacia la pista. Cuando las ruedas tocaron el suelo, fue milagroso.
Había 95 personas a bordo. Muchas resultaron heridas. Una azafata, Clarabelle Lansing, perdió la vida. Pero casi todos sobrevivieron.
Los investigadores descubrieron que años de fatiga del metal habían debilitado el techo. Los frecuentes vuelos cortos erosionaron lentamente su estructura con el tiempo.
El incidente provocó cambios radicales en la seguridad aérea. Se reforzaron los programas de mantenimiento, especialmente para aviones antiguos en rutas cortas.
Lo que pudo ser un desastre total se convirtió en una historia de coraje extraordinario y determinación.
Muy por encima del océano, con el cielo desgarrando su cabina, la tripulación se negó a rendirse. Y gracias a esa firmeza, casi todos regresaron a casa.