Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Que a nadie le sorprenda que las negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania estén conectadas con el futuro de Cuba. Cuando potencias como Estados Unidos y Rusia se sientan a negociar, no lo hacen por un solo conflicto; negocian paquetes completos de poder, influencia y resultados.
Rusia llega a esa negociación con una prioridad absoluta: cerrar el frente ucraniano en términos que le permitan consolidar posiciones y aliviar el peso de las sanciones. Para Moscú, esta guerra es estratégica y cercana, con impacto directo en su estabilidad.
Cuba, en cambio, es una ficha secundaria. Sirve como punto de presión en el Caribe y como símbolo frente a Washington, pero no define su supervivencia. Rusia puede enviar petróleo o apoyo puntual, pero no va a sacrificar sus objetivos en Ucrania por sostener indefinidamente a la dictadura cubana.
Del lado estadounidense, el cálculo es distinto. La guerra en Ucrania se ha vuelto costosa, y la administración de Donald Trump tiene un incentivo claro en mostrar un resultado. Lograr una salida al conflicto le permitiría vender liderazgo y eficacia. Pero además hay otro frente que pesa: Cuba. Para Estados Unidos, la isla no es un escenario lejano; es un asunto directo de seguridad y política regional.
Dos pájaros de un tiro
Ahí es donde encaja la hipótesis. Si Washington puede cerrar la guerra en Ucrania y, al mismo tiempo, reducir la influencia rusa en Cuba o provocar un cambio en la isla, el beneficio político es doble. Dos objetivos en una sola jugada. Eso explicaría por qué ciertos movimientos, como permitir envíos puntuales de petróleo ruso a Cuba, no necesariamente son contradicciones, sino parte de un margen controlado dentro de una negociación mayor.
En ese escenario, Vladímir Zelenski queda en una posición limitada. Ucrania depende del apoyo de Estados Unidos para sostener la guerra. Si Washington decide empujar un acuerdo, Kiev puede verse obligado a aceptar condiciones que no le favorecen completamente, simplemente porque no tendría capacidad de continuar sin ese respaldo.
Para Rusia, el intercambio también puede ser racional. Si logra consolidar su posición en Ucrania y aliviar sanciones, ceder espacio en Cuba o reducir su implicación en la isla puede ser un costo asumible. Cuba no tiene el mismo peso estratégico que Ucrania para Moscú, y su rol puede ajustarse dentro de una negociación más amplia.
Nada de esto implica que exista un acuerdo público en esos términos, pero sí responde a la lógica real de las grandes potencias. Se negocian intereses cruzados, se intercambian prioridades y se definen esferas de influencia. En ese juego, países como Cuba y Ucrania quedan muchas veces condicionados por decisiones que se toman fuera de sus fronteras.
Si en las próximas semanas o meses se produce un avance hacia la paz en Ucrania, no sería extraño ver movimientos simultáneos en Cuba. No por coincidencia, sino porque ambos escenarios pueden formar parte del mismo tablero.
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