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Por Jorge L. león
Houston.- En las dictaduras, el silencio no siempre es miedo. En Cuba, durante décadas, callar ha sido una forma profunda, moral y persistente de resistencia frente al poder totalitario.
¿Cuánto vale callar ante una dictadura? En un sistema donde la palabra se castiga y la verdad se persigue, el silencio puede convertirse en el último territorio de dignidad. Cuba ofrece una de las expresiones más claras y menos comprendidas de ese fenómeno histórico.
La pregunta parece incómoda en un mundo que glorifica el grito, la consigna y la pancarta. Pero en los regímenes totalitarios, y Cuba es su laboratorio más persistente, el silencio no siempre es miedo, ni resignación, ni cobardía. Muchas veces, callar lo es todo.
En Cuba, el silencio nació como defensa. No como aceptación. No como complicidad. Surgió cuando hablar significaba perder el trabajo, la universidad o la casa; cuando opinar implicaba el exilio, la cárcel o algo peor: poner en peligro a la familia. Allí, el silencio se convirtió en un lenguaje clandestino, en una forma de decir no sin pronunciar la palabra.
Callar, en ese contexto, no es asentir. Es no aplaudir. Es no repetir la consigna. Es mirar sin bajar la cabeza. Es la negativa íntima a participar en la farsa. Es, muchas veces, el único espacio de dignidad que le queda al ciudadano cercado por el poder.
La dictadura cubana aprendió pronto que no podía controlar del todo las conciencias. Podía vigilar las calles, infiltrar los barrios, reprimir el gesto público, pero no podía arrancar del todo el rechazo silencioso que se fue acumulando durante décadas. Ese silencio no era vacío: estaba cargado de vergüenza moral ante la mentira, de rabia contenida, de duelo por un país perdido.
Detrás de ese silencio estuvo siempre la familia. Callar fue, para millones, un acto de protección: no arrojar a los hijos al infierno, no comprometer a los padres ancianos, no exponer a los seres amados al castigo ejemplar. El silencio fue un escudo precario, pero necesario. Una trinchera sin armas.
Por eso es un error, y una injusticia histórica, juzgar el silencio cubano como pasividad. En condiciones normales, hablar es un derecho. Bajo una dictadura, hablar puede ser una condena. El silencio, entonces, se transforma en resistencia moral. En espera. En acumulación de verdad.
No es el miedo lo que explica ese callar prolongado; es la conciencia del horror. Es la certeza de que el grito aislado sería devorado por el aparato represivo. Es la lucidez amarga de quien sabe que sobrevivir también puede ser una forma de lucha.
Y, sin embargo, el silencio no es eterno. Llega un punto en que se agrieta. En que se convierte en murmullo, luego en gesto, luego en palabra. Cuba ha comenzado a cruzar ese umbral. El silencio de décadas hoy pesa como una acusación contra el poder, no contra el pueblo.
El silencio tiene mil formas de decir: Libertad.
Libertad negada, libertad postergada, libertad esperada.
Y cuando ese silencio finalmente se rompa, porque siempre se rompe, no será un estallido improvisado, sino la consecuencia lógica de una verdad que se negó a morir.
La dictadura teme al grito, sí.
Pero teme mucho más al silencio que ya no le cree.
Asi las cosas:
Este texto no es una apología del mutismo, sino una defensa histórica del silencio como refugio moral bajo la opresión. Cuba demuestra que incluso cuando la palabra es confiscada, la conciencia puede sobrevivir.