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Sargón II fue uno de los reyes más poderosos y temidos del Imperio Neoasirio. Esta fue una época en la que los asirios dominaban el mundo antiguo mediante una tecnología militar sin precedentes.
No se limitó a heredar el trono; lo tomó con fuerza y consolidó su poder aplastando rebeliones. Además, expandió las fronteras hasta el corazón de Egipto y los reinos de Israel.
Su nombre significaba rey legítimo, un título que defendió con un ejército profesional que fue el primero en utilizar armas de hierro de forma masiva.
Sargón no solo fue un conquistador, sino un gran constructor. Por ejemplo, erigió Dur Sharrukin, una capital magnífica rodeada de murallas imponentes y decorada con relieves que mostraban sus victorias y su conexión con los dioses.
Sin embargo, el destino le jugó una mala pasada: murió en batalla y su cuerpo nunca fue recuperado. Para los asirios, esto era una maldición terrible.
Su hijo, Senaquerib, abandonó la ciudad que su padre había construido con tanto esfuerzo, dejándola como un monumento fantasma al poder efímero.
¿Te imaginas construir una ciudad entera solo para que sea abandonada tras tu muerte? La historia de Sargón II nos recuerda que incluso el poder más absoluto puede desvanecerse en el polvo del desierto. (Tomado de Historia y Civilizaciones del Mundo Antiguo)