Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Anette Espinosa ()
La Habana.- La obsesión del castrismo con la figura del embajador estadounidense, Mike Hammer, ha cruzado la línea de lo grotesco para adentrarse en el terreno de la temeridad irresponsable. El patético espectáculo orquestado hace apenas horas en Trinidad y Camagüey, que replicó el montaje de Varadero hace unos meses, no es más que el último capítulo de una campaña de hostigamiento minuciosamente planificada desde las oficinas del Partido Comunista.
Lejos de la farsa que intentan vender como «espontánea indignación popular», se trata de una operación de la Seguridad del Estado donde los actores —comprometidos ideológicos, miembros de turbas de respuesta rápida y satélites del régimen— reciben su guión, su transporte y su consigna. Tal vez hasta merienda. Esto no es diplomacia; es el manual del matón de barrio aplicado a las relaciones internacionales.
La escena se repite con una previsibilidad que delata su origen: una llegada previamente filtrada, una turba que aparece como por generación espontánea, gritos coreografiados y la omnipresente cámara de de un celular para darle el barniz de «noticia».
Es la misma puesta en escena utilizada durante casi cinco décadas contra disidentes y familias vulnerables, ahora dirigida contra un representante diplomático de la nación más poderosa del mundo.
Este reciclaje de sus tácticas más bajas no evidencia fortaleza, sino una bancarrota de imaginación política y una peligrosa desconexión de las consecuencias. El régimen confunde la capacidad de movilizar a una cuadrilla de alquilados con poder real.
Sin embargo, en esta peligrosa coreografía del odio, el castrismo juega con un fuego que podría consumirlo. ¿Qué sucedería si, en el calor artificial de uno de estos «actos de repudio», a alguno de los encargados de hostigar —embriagado por la sensación de impunidad que el sistema les otorga— se le ocurre traspasar la línea de la consigna y pasar a la agresión física?
Un solo empujón, una piedra lanzada, cualquier daño causado al embajador Hammer no sería un «incidente aislado». Sería un casus belli diplomático de proporciones incalculables, un punto de no retorno que el régimen, en su actual estado de debilidad extrema, no podría soportar. Están manipulando una dinamita moral, confiando en que los fusibles de la disciplina partidista no fallen.
La narrativa oficial, por supuesto, intentará enmarcar esto como «la defensa de la soberanía ante un agresor imperial». Pero la comunidad internacional, y especialmente los órganos de cancillerías serias, no son ciegos. Ven la diferencia abismal entre una protesta genuina y un montaje de Estado.
Cada grito coreografiado, cada cartel impreso en los mismos talleres de la propaganda oficial, no hace más que erosionar los últimos vestigios de credibilidad del régimen y convertirlo en un paria aún mayor. Es la señal desesperada de un gobierno que ha agotado su capital político y solo sabe comunicarse a través de la intimidación.
Este acoso sistemático revela, en el fondo, el pánico que la simple presencia de Hammer genera en la nomenclatura. Él representa no a un «imperio» abstracto, sino a la mirada constate y desafiante de la libertad, a la posibilidad de que su pueblo conozca una realidad diferente.
Atacarlo es intentar exorcizar ese miedo. Pero en su intento por aislarlo, se aíslan ellos mismos. En su esfuerzo por mostrar fuerza, exhiben su más profunda debilidad: el terror a un diálogo franco, a la verdad que se cuela por las rendijas de su censura.
La historia es clara: los regímenes que han convertido la agresión a diplomáticos en política de Estado han cosechado tempestades que aceleraron su caída.
El castrismo, anclado en un pasado de consignas vacías, parece empeñado en repetir los errores más catastróficos. Cada acto de repudio contra Mike Hammer es, en realidad, un acto de repudio contra el futuro de Cuba. Es un mensaje al mundo de que la tiranía prefiere incendiar los últimos puentes antes que admitir que el tiempo de sus métodos se agotó. Y en ese incendio, pueden terminar quemándose ellos mismos.